Acoso escolar sin horario: cuando el bullying se muda del patio al celular y no deja dormir a los chicos
La Sociedad Argentina de Pediatría advierte que las agresiones que empiezan en el aula ya no se quedan en la escuela: se mudan a grupos de WhatsApp, redes y videojuegos y persiguen a los chicos hasta la cama. Los pediatras describen consecuencias que van desde dolores físicos hasta depresión y llaman a familias, escuelas y equipos de salud a actuar en conjunto.

Lo primero que me llamó la atención, cuando empecé a revisar la documentación que difundió la Sociedad Argentina de Pediatría, fue el caso de una nena de once años que atendimos hace unos meses en la guardia. La chica llegaba con dolor de panza recurrente, le costaba dormirse y, cada vez que sonaba el teléfono, se le tensaba el cuerpo como si esperara un golpe. En la consulta no había un virus ni un análisis fuera de rango: el problema lo traía el grupo de WhatsApp del grado, donde varias compañeras la cargaban desde que terminaban las clases hasta bien entrada la noche. Esa nena, como tantos otros chicos que veo en el consultorio, no podía volver a su casa y encontrar allí un refugio. El acoso la seguía, pantalla mediante, hasta la almohada.
Esa continuidad entre el aula y el celular es, justamente, el corazón del documento que acaban de difundir los pediatras argentinos. La entidad, a través de ocho de sus comités y subcomisiones, advierte que el bullying y el ciberbullying dejaron de ser fenómenos separados: una misma agresión puede empezar en el recreo, continuar esa tarde en un chat, escalar en redes durante la noche y volver al chico al colegio a la mañana siguiente. El resultado es que los pibes ya no tienen un lugar donde el hostigamiento se corte.
Una intimidación que no se apaga
Lo dijo con mucha claridad la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP: "Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño".
Pensémoslo con una imagen de la vida cotidiana. Si uno compara la casa con un paraguas, el techo y las paredes deberían proteger a los chicos de lo que pasa afuera. Pero cuando el paraguas tiene agujeros, la lluvia se mete igual. Eso es lo que está pasando: la pantalla agujerea el refugio y la agresión termina goteando dentro del cuarto del pibe.
Qué formas toma el ciberbullying, según los pediatras
- Mensajes de odio y burlas que se repiten en chats individuales o grupales.
- Acecho y seguimiento de cuentas para controlar a la víctima.
- Votaciones o encuestas para humillar o exponer a un compañero.
- Perfiles falsos y suplantación de identidad para desprestigiar.
- Difusión no consentida de fotos, videos o información privada.
- Exclusión deliberada de grupos digitales como castigo.
- Manipulación de fotos, videos y memes, cada vez más fácil con herramientas de inteligencia artificial.
- Publicaciones que pueden volverse virales y resultar casi imposibles de borrar.
El listado incluye un ingrediente nuevo que los pediatras miran con preocupación: las aplicaciones de inteligencia artificial que permiten editar imágenes, audios o videos y fabricar contenidos falsos que circulan a gran velocidad. Lo que antes era un insulto dicho en un pasillo hoy puede viajar a miles de pantallas en pocas horas, y eso cambia la escala del daño.
Cuando no es bullying, y cuándo sí
El documento de la SAP se encarga de aclarar algo que en las familias y en las escuelas suele generar confusión: no toda pelea entre compañeros es bullying. Para hablar de acoso escolar hacen falta tres condiciones juntas: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que deje a la víctima sin manera de defenderse o de cortar la situación. Las formas pueden ser físicas, verbales o, lo que a veces se ve menos, relacionales: aislar, ignorar, dejar afuera.
Esa tercera condición, la del desequilibrio de poder, es la que más me cuesta hacer entender a las familias. Un ejemplo simple: si en un grupo de WhatsApp una nena de diez años es hostigada por cinco compañeros que coordinan ataques cada noche, no se trata de un "problema entre chicos" que ella pueda resolver hablando. Hay una relación de fuerzas desigual y eso, justamente, convierte la situación en acoso.
Cuerpo que habla cuando las palabras callan
Lo que más me preocupa, como profesional y como alguien que escucha a los padres en el consultorio, es que el acoso muchas veces no se cuenta: se somatiza. La entidad enumera un abanico de consecuencias que van desde dolores de cabeza y de panza, pasando por alteraciones del sueño y la alimentación, hasta cuadros de ansiedad, aislamiento, baja autoestima y, en los casos más severos, depresión e ideas suicidas. El cuerpo, dicen los pediatras, termina hablando lo que la boca no se anima a decir.
“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Sociedad Argentina de Pediatría (SAP)
Qué pueden hacer familias, escuelas y equipos de salud
El llamado de la SAP apunta a los tres frentes que, cuando funcionan en sintonía, mejor protegen a los chicos. Las familias están invitadas a escuchar sin minimizar, a interesarse por lo que pasa en las pantallas tanto como en el patio y a acompañar sin invadir. Las escuelas, a tener protocolos claros, a no naturalizar las agresiones y a intervenir apenas detectan indicadores de acoso. Y los equipos de salud, a preguntar de manera sistemática sobre la vida digital en los controles de salud, porque muchas veces el primer indicio llega en forma de dolor recurrente, insomnio o tristeza sin causa aparente.
Vuelvo a la nena de once años del principio. Cuando pudimos hablar largo con ella y con su familia, lo primero fue sacar el tema del celular de la oscuridad y ponerlo sobre la mesa. Después, articulamos con la escuela y con el equipo de salud mental. Llevó tiempo, pero la curva empezó a doblar. Casos como el suyo me recuerdan que atender el acoso escolar no es un tema menor de la pediatría: es, en muchos consultorios, la puerta de entrada a sufrimientos que, si no se escuchan a tiempo, se enquistan en el cuerpo y en la cabeza de los pibes por años.
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