Aprender a tocar un instrumento: lo que un estudio de 76 chicos le cuenta a las familias que dudan
Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a niños de 7 a 9 años con y sin formación musical. Los que practicaban un instrumento rindieron mejor en memoria, lectura, escritura y matemáticas, aunque el trabajo no alcanza para afirmar que la música sea la causa de esa ventaja.

Soy Paola Cardozo y esta columna de Salud y sociedad arranca en un aula de primer grado, con una nena que no me deja dormir. Se llama Valentina, tiene ocho años y desde que empezó piano en marzo me hace escuchar la misma escala una y otra vez con la puerta de su cuarto entreabierta. El otro día, mientras le ayudaba a practicar do mayor con la mano derecha, me dijo algo que se me quedó dando vueltas: mam, no me sale la suma, pero me acuerdo mejor las cosas. Lo dijo como al pasar, como justificándose, pero en su cabeza la música y la escuela ya se mezclaban. Cuando llegué a la redacción y me topé con un estudio reciente de la Universidad Northeastern, pensé en ella y en las miles de familias argentinas que están mirando el precio de las cuotas de música pensando si vale la pena el esfuerzo.
El trabajo, difundido en los últimos días, puso bajo la lupa a 76 chicos de entre 7 y 9 años organizados en dos grupos comparables por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad tocaba un instrumento, en su mayoría piano y cuerdas, y le dedicaba al menos 30 minutos semanales de práctica. La otra mitad no tenía formación musical. Cuando los evaluaron, los que tocaban sacaron mejores puntajes en memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y en aprendizajes visuales y auditivos. En las pruebas escolares, la diferencia también apareció en lectura, escritura y matemáticas, sobre todo en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.
Que no se confundan las cosas: tocar no garantiza aprender mejor
Antes de que algún padre o madre me escriba para decirme que ya reservó la batería del nene, voy a aclarar lo que el propio estudio aclara. Los chicos no fueron repartidos al azar para recibir clases de música. Las familias que eligen y pueden sostener esa formación a veces también ofrecen otras experiencias, libros, viajes, conversaciones, que favorecen el aprendizaje. Aunque los investigadores compararon grupos de condiciones parecidas, esa precaución no descarta todas las explicaciones alternativas. Es decir, el estudio muestra una asociación, no una causa. Es como ver que los que llevan la vianda con ensalada renden más en la prueba de educación física: puede ser la ensalada, puede ser que duerman más, puede ser un poco de todo.
Qué se pone en juego cuando un chico toca un instrumento
En la guardia, cuando quiero explicar algo técnico suelo tirar una comparación de la casa, y la música da para varias. Tocar un instrumento, sobre todo leyendo una partitura, es como cocinar, mirar la receta, cuidar el fuego y atender el teléfono al mismo tiempo. El cerebro infantil entrena, en ese escenario, lo que los especialistas llaman funciones ejecutivas: planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse cuando algo sale mal. Psyche Loui, profesora de música de Northeastern, fue quien relacionó esas exigencias con el rendimiento escolar. La investigadora y educadora musical Anita Collins sumó otra pieza clave: aprender un instrumento ejercita la escucha, la planificación y la autorregulación, tres habilidades que en la escuela se traducen, casi sin querer, en seguir una consigna sin perder el hilo.
Una de las funciones ejecutivas más medidas fue la memoria de trabajo, esa que sirve para guardar información unos segundos y usarla enseguida. Piensen en lo que hace Valentina cuando le dictan una operación y ella la resuelve mientras sostiene en la cabeza los números anteriores. Eso, según el estudio, fue lo que más se diferenció entre los chicos que tocaban y los que no. En el terreno cerebral, el trabajo incluyó resonancias a 50 participantes y observó diferencias en una vía que conecta regiones vinculadas con audición, lenguaje y movimiento, lo que abre la puerta a futuras investigaciones, aunque el propio equipo advierte que esa pista todavía es preliminar.
- Memoria de trabajo: la que permite retener una consigna mientras se ejecuta, como al seguir una melodía y leer la partitura al mismo tiempo.
- Atención sostenida: clave para no perder el ritmo ni el lugar en la hoja.
- Razonamiento y vocabulario: habilidades que se entrenan al interpretar una pieza y al hablar sobre lo que se está tocando.
- Lectura, escritura y matemáticas: las áreas escolares donde el estudio encontró diferencias a favor de los chicos con práctica musical.
Antes de cerrar, vuelvo a Valentina, que esta semana se sacó un 8 en el examen de lengua y un 6 en el de matemática, y corrió a contarme primero el 8. Cuando le pregunté qué había hecho distinto esta vez, me miró con esa seriedad que tienen los chicos cuando están seguros de algo y me dijo: me imagino la melodía mientras leo. Tal vez sea casualidad, tal vez sea la música, tal vez sea que su papá y yo le leemos cuentos desde los dos años. Los investigadores de Northeastern no podrían decirme cuál de las tres cosas pesa más, y creo que está bien que así sea. Lo que sí queda claro es que formar parte de una orquesta escolar, un coro comunitario o una clase de música barrial pone a los chicos frente a un entrenamiento mental exigente, les da un grupo de pertenencia y, en muchos casos, les abre una puerta a la cultura que de otra manera no se abriría sola.
El dato final que los propios autores remarcan y que no quiero dejar afuera: el costo de la formación puede limitar el acceso. En la Argentina de hoy, sostener una cuota de música, un instrumento en cuotas o el traslado a un conservatorio es un esfuerzo real para muchas familias. Por eso, cuando charlo con mamás y papás en la puerta de los colegios, les digo lo que creo que también dice este estudio: la música no es una garantía, pero es un terreno fértil, y mientras haya escuelas públicas con orquestas, municipios con coros y programas barriales que acerquen un instrumento a los pibes, esa oportunidad no debería depender de la tarjeta de crédito. La investigación de Northeastern suma evidencia a esa pelea chica y cotidiana que, en casa, suena a escala de do mayor.
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