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Azcuénaga, el pueblo de los 350 que se come diez veces

A cien kilómetros de Buenos Aires, este enclave rural reúne una decena de restaurantes, hospedajes con historia y caminatas entre liebres y vizcachas. La fórmula: reservar primero, comer después, y recién entonces lanzarse a explorar.

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Marta TolabaCultura y espectáculos · 19 DE SEPT DE 2026 · 2 min de lectura

(Lo advierto desde el arranque: si querés comer un domingo en Azcuénaga, reservá. Si no, te quedás mirando la estación de tren con cara de poeta rural.)

Azcuénaga tiene 350 habitantes, una capilla de 1907, una panadería con horno a leña fundada en 1917 y, ahora también, una decena de restaurantes que pelean cuerpo a cuerpo por el título de mejor mesa del pueblo. Queda a unos 100 kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, lo justo para una escapada que empieza en el estómago.

La ruta de los tenedores

  • Almacén C&T: carnes y picadas en la antigua Casa Terren (1912), recuperada por la familia Coarasa.
  • La Porteña: pastas y osobuco con risotto de calabaza.
  • Lo de Grace: parrilla y pasta libre, en una construcción rodeada de campo.
  • Cucina de Santo: pastas y mariscos para los que no se deciden.
  • Le Four: cocina francesa a cargo de Vanesa Plaza, con un cordero con ciruelas que justifica el viaje.
  • La Posta, Silvestre y el buffet del Club Recreativo Apolo, donde Marcelo Santander y Marcela Ronco sirven ravioles caseros y milanesas.

(¿Ves? Francia, Italia y la parrilla vernácula conviven en el mismo pueblo de 350 almas. Si eso no es un milagro geopolítico, no sé qué lo es.)

Dónde dormir, que la noche llega

La Piamonte abrió habitaciones en el edificio de la Fonda de Sforzini de 1903, justo frente a la estación ferroviaria. La Magnolia funciona en una casona rural. Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta, y El Nido suma otra opción dentro del pueblo. Si te animás a unos kilómetros más, Los Vagones de Areco espera con su nombre como promesa.

La estrella silenciosa del pueblo, para mí, es Laura González, que junto a sus hijas amasa galleta de campo en La Moderna, la panadería de 1917. Pocas cuadras más allá, Ramona Lescano abre los fines de semana la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907. Dos mujeres, dos oficios, un pueblo entero sosteniéndose sobre gestos pequeños.

Para caminar: en pocas manzanas se pasa de las construcciones antiguas al campo abierto. Por los caminos rurales circulan bicicletas y motos, aunque el estado del piso depende del clima: a veces barro, a veces tierra firme. Con algo de suerte aparecen liebres, vizcachas y lechuzas, que es la troupe local.

Mi recomendación concreta: salir temprano el sábado, almorzar en Le Four (sí, la francesa, total ya cruzamos la barrera del escándalo gastronómico), dormir en La Magnolia y, antes de volver, pasar por La Moderna a cargar galleta de campo. Si sobra tiempo, una vuelta en bici hasta la capilla. Y el domingo, reserva obligatoria: la mesa espera, el pueblo no se agranda.

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Marta TolabaCultura y espectáculos

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