Brad Pitt va al espacio a buscar al padre que nunca lo dejó en paz
Ad Astra, de James Gray, pone al galán más famoso de Hollywood a cruzar el sistema solar, no tanto por una misión de la NASA sino por una cuenta pendiente con su viejo. Ciencia ficción con aire de terapia.

Acá va una confesión de entrada: cada vez que alguien me dice que una película de ciencia ficción es, en el fondo, una historia sobre la familia, se me eriza la piel. Porque suele ser un pretexto para envolver lugares comunes con efectos especiales caros. Pero Ad Astra, la película de James Gray que llegó en 2019 con Brad Pitt como protagonista, se anima a tomar ese riesgo y, en buena parte, sale airosa. El padre desaparecido, el hijo que lo admira y un viaje a los confines del sistema solar son los ingredientes de un drama que se toma en serio lo que muchos blockbusters apenas rozan.
Un astronauta con el pulso demasiado bajo y las emociones demasiado altas
Roy McBride, el personaje de Pitt, es un tipo entrenado para no inmutarse. Su pulso se mantiene tan estable que hasta los médicos se asombran. En criollo: es un robot con cara de galán. Pero, claro, hay algo que no funciona en esa calma. Su padre desapareció hace décadas, en una expedición que se dio por perdida, y Roy nunca terminó de hacer el duelo. La nueva misión lo obliga a ir a buscarlo, primero a la Luna, después a Marte, y de ahí hacia los bordes del sistema solar, donde la señal de un proyecto llamado Lima sigue viva.
Lo interesante es que Gray, un director que viene del cine independiente de Nueva York y no del blockbuster intergaláctico, usa la enorme escala del espacio para hablar de algo bien chico: la relación entre un padre y un hijo. Las persecuciones y los riesgos existen, sí, pero están al servicio de una historia íntima. El ritmo es pausado, casi diría melancólico, y eso irrita a más de un espectador habituado a explosiones cada diez minutos. A mí, en cambio, me resulta una de las apuestas más valientes del Hollywood reciente.
- Brad Pitt compone a Roy con una contención que le sienta bien al personaje: el héroe que no necesita gritar para transmitir.
- James Gray se corre del sci-fi tradicional y lo cruza con drama psicológico, algo que no se ve seguido.
- La fotografía de Hoyte van Hoytema convierte la Luna y Marte en paisajes que acentúan la soledad del protagonista.
- El verdadero viaje es interior: la misión espacial funciona como espejo de la historia personal de Roy.
- La película le da espacio a la pregunta incómoda: ¿admiras a tu padre o te construiste a partir de lo que te faltó de él?
Un secundario para mirar con atención
(Aviso: rescato a alguien poco conocido, como manda mi manual de cabecera.) En el elenco aparece Tommy Lee Jones como H. Clifford McBride, el padre perdido. Es un nombre enorme y un actor enorme, pero quiero detenerme en Ruth Negga, la actriz irlandesa de origen etíope que interpreta a Helen Lantos, una científica clave en la misión. Negga le pone al personaje una firmeza silenciosa que se nota cada vez que aparece en cuadro. Es de esas actrices que todavía no tienen el lugar que merecen, y Ad Astra le da un papel breve pero intenso. Si no la conocen, busquenla en la serie Preacher o en Loving: ahí se entiende por qué Gray la quiso en su película.
Otra perlita: la música de Max Richter ayuda a sostener el tono contemplativo. No compite con las imágenes, las acompaña. Y eso, en una superproducción de estas características, es casi un acto de rebeldía.
La pregunta que queda dando vueltas
Antes de cerrar, me quedo con la pregunta que dejó flotando el material y que a mí me parece la mejor manera de entrarle a esta película: ¿qué les interesa más en una historia espacial, la exploración del universo o las historias de sus personajes? Yo, cada vez más, voto por lo segundo. Las galaxias pueden ser inmensas, pero lo que nos pega en la butaca siempre es un vínculo humano reconocible. Ad Astra, con su pulso bajo y sus silencios largos, lo entiende a la perfección.
Recomendación concreta: si todavía no la vieron, busquen Ad Astra un domingo a la noche, con la luz baja y sin el celular a mano. Y si ya la vieron, vuelvan a darle play: la segunda vez se disfruta más, porque uno deja de esperar la próxima escena de acción y se entrega al viaje interno de Roy. Créanme, esa espera vale la pena.
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