Cecilia Garraffo, la científica de Belgrano que le enseña a las máquinas a cazar vida en las estrellas
Creció en Buenos Aires, estudió en La Plata y en la UBA, y hoy dirige un instituto en el Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian donde aplica inteligencia artificial a la astronomía. En su paso por el ITBA, explicó por qué la mayoría de los investigadores considera que la vida fuera de la Tierra no es una posibilidad remota sino, estadísticamente, lo esperable.

La primera vez que vi a Cecilia Garraffo fue en una sala del ITBA, en Buenos Aires, rodeada de alumnos y docentes que la escuchaban como quien escucha a alguien que trae noticias de otro mundo. Ella, de jeans y buzo, con una tranquilidad que desarma, estaba contando, nada menos, cómo se usa la inteligencia artificial para buscar vida en el universo. Y yo, que cubría esa jornada para el portal, me quedé pensando que en esa mujer de sonrisa amplia estaba condensada una historia bien argentina: la de una chica de Belgrano que se anotó en Actuario porque le gustaba la matemática y terminó, décadas después, dirigiendo un instituto en Harvard.
Porque la historia de Cecilia no arrancó en un observatorio ni en una escuela bilingüe del exterior. Arrancó acá, en la Universidad Nacional de La Plata, donde arrancó la carrera de Actuario y llegó hasta tercer año. Y acá, también, en las librerías de Buenos Aires, donde cayó en sus manos un libro de Stephen Hawking y después la película Contacto, esa ficción en la que una radioastronoma escucha una señal que parece venir de mucho más allá de la Tierra. Esas dos cosas, juntas, la empujaron a cambiarse de carrera, pasarse a Astronomía y no volver a dudar.
De La Plata a Harvard, con escala en la UBA
El recorrido posterior lo cuenta ella misma y lo cuentan los registros académicos: hizo el doctorado en Física en la Universidad de Buenos Aires, completó un primer postdocado en astrofísica computacional en Estados Unidos y un segundo en inteligencia artificial. Hoy, desde el Instituto AstroAI, que funciona dentro del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian, Garraffo comanda un equipo que desarrolla sus propios modelos de IA, sin atarse a las herramientas comerciales que copan el mercado.
En 2025, el gobierno de los Estados Unidos le otorgó el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, que es la distinción más alta que ese país entrega a profesionales en las primeras etapas de su carrera. Un reconocimiento enorme para alguien que, según dijo entre risas en el ITBA, llegó a Harvard casi sin entender bien en qué se estaba metiendo.
Por qué los astrofísicos ya dan por hecho que no estamos solos
Volví a verla al día siguiente, en una guardia periodística que no es la de un hospital sino la de una entrevista a fondo, y ahí Cecilia me respondió lo que yo venía rumiando desde la charla: si cree que hay vida en otros lugares del universo. La respuesta fue categórica.
“Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos.”Cecilia Garraffo
Lo aclara rápido, como hacen los que saben que una frase así se puede malinterpretar: cuando habla de vida, habla de cualquier forma, desde una bacteria hasta un virus. Y cuando habla de vida inteligente, aclara que las distancias cósmicas hacen muy poco probable cualquier tipo de comunicación, aunque esa vida existiera. O sea: podemos estar acompañados en el universo y, al mismo tiempo, estar terriblemente solos.
Cómo se le enseña a una máquina a buscar patrones que nadie conoce
La pregunta que sobrevuela todo esto es técnica pero tiene una traducción bien doméstica: ¿qué hace concretamente un instituto como AstroAI? Cecilia lo explica con una imagen que me sirvió para entenderla yo, y que ahora comparto con los lectores. Imaginen una cocina enorme, con miles de frascos de especias desordenados en estanterías que llegan al techo. Una persona podría pasarse años buscando combinaciones y, aun así, no encontrar nunca una que funcione. La inteligencia artificial que desarrollan en Harvard es como alguien que se sube a una escalera, mira los frascos desde arriba y dice: acá hay un patrón que se repite y nadie lo había notado.
Cecilia insiste en un punto que a mí me pareció clave y que vale la pena repetir: medir oxígeno en la atmósfera de un planeta que está a años luz es técnicamente muy difícil con los instrumentos actuales. Por eso el trabajo del instituto no es solo mirar más lejos, sino construir las herramientas para mirar mejor. Y acá, dice, la inteligencia artificial no reemplaza al astrónomo: lo potencia.
Mientras escribo esta nota pienso en la chica de Belgrano que se anotó en Actuario y terminó cambiando el rumbo por culpa de un libro de Hawking y una película. Pienso en la sala del ITBA llena de estudiantes que la escuchaban con esa mezcla de admiración y curiosidad que solo despiertan los que vienen a contar lo que están descubriendo. Y pienso, sobre todo, en lo que dijo al final de la entrevista, cuando le pregunté qué le diría a alguien que sue a con trabajar en lo mismo: que no hace falta tener todo resuelto desde el principio, que el camino se va haciendo, y que a veces el cambio de carrera más importante de la vida empieza con una pregunta que parece ingenua.
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