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Martes, 6 de octubre de 2026
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Ciática: cuándo un movimiento ayuda y cuándo hay que frenar y llamar al médico

La fisioterapeuta Jennifer Howe propone ejercicios suaves para la cadera, el abdomen y la espalda, pero aclara que la rutina se corta si el dolor sube; debilidad, pérdida de sensibilidad y alteraciones de la vejiga o el intestino son motivo de consulta inmediata.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad · · 4 min de lectura
Ciática: cuándo un movimiento ayuda y cuándo hay que frenar y llamar al médico

A mí me tocó verlo en la guardia más de una vez: alguien llega casi gateando, con una mano apretada en la zona baja de la espalda y la otra arrastrando una pierna, y lo primero que dice, con la voz cortada por el dolor, es "no puedo más, esto me baja hasta el pie". Es la postal clásica de la ciática, esa irritación del nervio más largo del cuerpo que, cuando se molesta, convierte sentarse, atarse los cordones o dormir de costado en una pesadilla. Y aunque la tentación de quedarse quieto en la cama es enorme, la evidencia viene diciendo hace rato que moverse, bien y en la dosis justa, suele ser parte del camino de salida. Eso sí: no es moverse por moverse, sino moverse como conviene.

Primero, las señales que mandan a consultar

Lo que cuenta un paciente que llega a la guardia

Antes de tocar el piso para probar un ejercicio conviene escuchar el cuerpo. El cirujano ortopédico de columna Rohan Desai lo resume así: la ciática se presenta como un dolor que puede ser punzante, una sensación de quemazón o un hormigueo que nace en la zona baja de la espalda y se irradia por una pierna, en el recorrido del nervio ciático. Pero no todo lo que molesta se banca en casa. Hay tres banderas rojas que, si aparecen, obligan a cortar cualquier rutina y pedir turno sin demora: debilidad muscular franca (por ejemplo, que el pie se caiga al caminar o que cueste mucho levantar la punta del pie), pérdida marcada de sensibilidad en la pierna y cambios en el control de la vejiga o los intestinos. Estos últimos pueden ser la pista de algo más serio, como el síndrome de la cola de caballo, y ahí la consulta no puede esperar.

La rutina que propone la fisioterapeuta, paso a paso

El trabajo de cadera, abdomen y espalda

Con el cuerpo estable, la fisioterapeuta Jennifer Howe arma una serie de movimientos suaves pensados para liberar la cadera, despertar el abdomen y darle movilidad a la zona lumbar, siempre con una regla de oro: si el dolor sube, se frena. Piensen en la espalda baja como una puerta que se trabó: no la vas a forzar de un empujón, sino que la vas a mover despacio, un centímetro por vez, hasta que empiece a correr sola.

  • Figura de cuatro para abrir la cadera: acostado boca arriba, se apoya un tobillo sobre la rodilla de la otra pierna y se llevan ambas hacia el pecho. Se sostiene 30 segundos, tres veces por lado, sin que aumente la molestia.
  • Tirón suave de pierna: acostado boca arriba, se toma una pierna por detrás de la rodilla y se lleva despacio hacia el hombro del lado contrario. Mantener 30 segundos, repetir tres veces y cambiar de pierna, sin tirones.
  • Abdominales suaves acostado: boca arriba, con las piernas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas en la cama, se contrae el abdomen y se lleva la parte baja de la espalda hacia el colchón. Diez repeticiones de cinco segundos cada una.
  • Rodillas al pecho para la zona lumbar: boca arriba, se acercan ambas rodillas al pecho y se mantienen 30 segundos, tres veces, siempre que el dolor disminuya en lugar de aumentar.
  • Posición boca abajo sobre los antebrazos: útil en molestias vinculadas a una hernia discal, con los codos alineados debajo de los hombros, durante 30 segundos y solo si el dolor que baja por la pierna mejora.

El Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica del Reino Unido (NICE, por sus siglas en inglés) coincide en algo central: la vuelta a las actividades cotidianas se hace de manera gradual, respetando cómo evoluciona cada persona, no copiando la rutina del vecino. Por eso Howe insiste en que estas son orientaciones, no una receta universal: lo que alivia a un paciente puede empeorar a otro, y la evaluación profesional marca la cancha. La idea, al final, es simple y a la vez difícil de cumplir: moverse un poco cada día, escuchando al cuerpo, y consultar sin dudar cuando aparece cualquiera de las señales de alarma. Como me dijo una vez una paciente ya recuperada, mientras se acomodaba el cinturón en el consultorio: "Lo que más me costó no fue el ejercicio, fue convencerme de que podía empezar".

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

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