Criar sin no es criar sin límites: por qué los chicos necesitan que un adulto les diga que no
Especialistas en crianza sostienen que la autoridad bien ejercida es un acto de cuidado y que la ausencia de fronteras dificulta la tolerancia a la frustración. Claves para distinguir entre el diálogo y la negociación permanente, y por qué poner límites no tiene nada que ver con el autoritarismo.

Tengo que confesar algo antes de empezar a escribir esta nota: cada vez que un padre o una madre me cuenta que ya no sabe qué hacer con un chico que no acata una sola indicación, yo pienso en ese nene de cinco años que conocí en una guardia pediátrica, hace ya varios años. Estaba sentado en una silla, con los brazos cruzados, mirando fijo a su mamá mientras ella le pedía, casi rogándole, que dejara de patear la camilla. El chico no lloraba, no gritaba: simplemente no obedecía. Y lo más llamativo era que no lo hacía con enojo, sino con una calma que daba escalofríos. Cuando terminó la consulta, la mujer se quedó hablando con la pediatra y le dijo algo que me quedó grabado: «No sé en qué me equivoqué, pero ya no me hace caso». Esa frase es la puerta de entrada de esta nota, porque de eso se trata: de por qué poner límites a los hijos es parte del cuidado y no del autoritarismo, y de por qué, cuando esos límites faltan, los chicos pueden tener dificultades para regular sus emociones y tolerar la frustración más adelante.
El escenario que retrataba esa madre en la guardia no es excepcional. Cada vez más familias argentinas —y de muchas partes del mundo— apuestan por reemplazar las órdenes y los castigos por el diálogo. El problema aparece, según las especialistas consultadas, cuando ese diálogo se vuelve una negociación permanente y el adulto termina cediendo su lugar solo para evitar un berrinche. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro «Infancias respetadas», hay cosas que se negocian en una familia y cosas que no, y confundirlas termina confundiendo también a los más chicos.
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
La diferencia, me parece, se entiende mejor si lo llevamos al lenguaje de la casa. Piensen en la cocina: una cosa es cocinar con una receta clara, con ingredientes definidos y con alguien que va explicando cada paso, y otra muy distinta es que el cocinero se pare en la puerta, grite las indicaciones desde lejos y, si alguien pregunta algo, le conteste con un cachetazo. La primera es autoridad: presencia, guía, consistencia. La segunda es autoritarismo: abuso de poder, poco diálogo y nulo respeto. «Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso», señala Raschkovan.
En la misma línea, la psicóloga Deborah Bellota apunta que muchos padres y madres que se criaron en hogares muy estrictos reaccionan llevándose al otro extremo: quieren ser súper afectuosos, pero por miedo a que el chico se enoje con ellos directamente no ponen límites. Esa dinámica, advierte la especialista, puede favorecer la autoestima, pero también suele generar dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia posterior a cualquier figura de autoridad, desde un maestro hasta un jefe.
Los tres estilos de crianza que describió Diana Baumrind
- Autoritario: reglas rígidas, obediencia debida y escasa escucha activa de lo que el niño siente o necesita.
- Permisivo: mucho afecto y calidez, pero escasez de límites claros; el adulto cede ante el conflicto en lugar de sostener su palabra.
- Democrático o autoritativo: normas claras, firmes y sostenidas, combinadas con diálogo, explicación y contención afectiva; es el estilo que más recomiendan hoy los especialistas como punto de equilibrio.
Esa clasificación la propuso la psicóloga Diana Baumrind allá por la década del sesenta, pero sigue siendo una de las herramientas más citadas a la hora de pensar cómo criamos. Lo que muestra es que ni la mano dura sin afecto ni el cariño sin reglas terminan haciendo bien: en los dos extremos, algo fundamental queda afuera.
Por qué los límites son una forma de cuidado
«Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración», afirma Raschkovan. La frase me parece clave: la tolerancia a la frustración no aparece de forma espontánea, se aprende, y se aprende justamente en esas pequeñas dosis cotidianas que un adulto acompaña y contiene. Si un chico no experimenta el «no» dentro de un entorno seguro, es probable que no cuente con los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles cuando esté afuera, en la escuela, en un club o más adelante en el trabajo.
“Un límite claro, sostenido con cariño, no le hace mal a un chico: le enseña que el mundo tiene reglas y que hay alguien que lo cuida mientras las transita.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Bellota agrega algo que a mí, como adulta que a veces duda, me sirve mucho: el trabajo no termina cuando uno dice «no». Después del límite viene la parte que muchos padres saltean: explicar por qué se tomó esa decisión, validar la emoción del chico («entiendo que estés enojado») y, sobre todo, sostener la postura aunque el nene patalee, llore o intente negociar. Es en ese sostenimiento cotidiano donde se construye la confianza.
Vuelvo a la mamá de la guardia, la del nene que no obedecía. Cada vez que la recuerdo pienso que no era una mala madre ni un mal padre el que tenía enfrente: era alguien que, con la mejor intención, había confundido cuidar con no incomodar, y había terminado perdiendo su lugar. Poner límites, lejos de ser un acto de autoritarismo, es exactamente lo contrario: es decirle al hijo, con palabras y con hechos, «yo estoy acá, te cuido y te guío, aunque a vos no te guste lo que te estoy diciendo». En un mundo donde los chicos reciben mensajes de todos lados, esa presencia adulta consistente sigue siendo, según lo que dicen las especialistas, una de las cosas más protectoras que existen.
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