Cuando despedir a alguien es celebrar lo que quedó vivo en el recuerdo
Desde Nueva Orleans hasta el mar de los surfistas, pasando por México, Bolivia y Ghana, existen rituales funerarios que convierten el dolor en música, comida, color y movimiento. Son tradiciones que no niegan la pérdida: la abrazan en comunidad.

Todavía me acuerdo de la vez que una paciente llegó a la guardia de un hospital público de Buenos Aires con un ataque de llanto que no podía controlar. Acababa de perder a su marido y me dijo, mientras le tomaba la presión, que en su familia nunca supieron cómo despedirlo. No hubo velorio, no hubo palabras, no hubo abrazo. "Es como si se hubiera ido dos veces", me dijo. Esa frase se me quedó pegada durante años, y cada vez que vuelvo a leer sobre los rituales funerarios de distintas partes del mundo pienso en ella, porque el duelo necesita un molde para poder ser transitado, y si ese molde no existe, el dolor se derrama por cualquier grieta.
En Nueva Orleans, en México, en Bolivia, en Ghana y entre los surfistas del Pacífico existen tradiciones que honran a los muertos con música, comida, color y movimiento. Estos rituales cumplen una función social y psicológica: permiten compartir el dolor, expresar emociones y transitar la pérdida en comunidad, en lugar de cargar con todo el peso en silencio dentro de cuatro paredes.
Nueva Orleans: la banda que se vuelve fiesta
Allá, cuando alguien muere, una banda acompaña el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La música empieza lenta, solemne, y se va volviendo festiva a medida que avanza el recorrido. Familia, amigos y vecinos bailan junto al féretro, y a quien lo ve de afuera puede parecerle una falta de respeto, pero no lo es: es una manera de honrar la vida que se fue y de abrazar a los que quedan. El llanto y la risa conviven en la misma cuadra, como en una cocina de casa cuando se cocina un guiso: la pena y el cariño revueltos en la misma olla.
México: los muertos vuelven a comer a la mesa
El Día de Muertos, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible, parte de una idea tan hermosa como sencilla: las almas regresan, aunque sea por unas horas, al mundo de los vivos. Las familias arman altares con las comidas favoritas del difunto, con flores, con velas y con objetos personales, como si extendieran un mantel para una cena más. Los cementerios se llenan de colores y de gente que pasa la noche entera junto a las tumbas. La muerte no se vive como ausencia sino como presencia fugaz, y eso cambia todo: no se despide a nadie, se lo recibe por última vez.
Bolivia, Ghana y los surfistas: tres formas de seguir cuidando
En La Paz, cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas, en la que los creyentes llevan cráneos humanos al Cementerio General para recibir bendiciones, y los agasajan con flores, coca, cigarrillos y velas. La tradición sostiene que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran, como una especie de santos personalizados y hechos en casa. En Ghana, la creatividad se traslada al ataúd: es frecuente que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto, un pescado para un pescador, un avión para un piloto, y la ceremonia puede durar tres días con coreografías incluidas durante el traslado. Y entre los surfistas del Pacífico, la despedida ocurre en el agua: los deudos forman un círculo sobre sus tablas, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar, mezcladas con la sal del mar.
- Nueva Orleans: una banda acompaña el cortejo y la música se vuelve baile callejero.
- México: altares con comida favorita del difunto y noche entera en el cementerio.
- Bolivia: cráneos humanos bendecidos que cuidan la casa como un miembro más de la familia.
- Ghana: ataúdes con forma de oficio o pasión del difunto y ceremonias de hasta tres días.
- Surfers del Pacífico: círculo sobre las tablas en el mar, flores al agua y cenizas en las olas.
Lo que une a todas estas tradiciones, más allá de las diferencias obvias, es una función muy concreta: darle un marco colectivo a una experiencia que, si se vive a solas, puede resultar aplastante. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar concreto para expresarlo, ayuda a transitar la pérdida sin que se enquiste. Volviendo a la mujer de aquella guardia de Buenos Aires, cada vez estoy más convencida de que lo que le faltó no fue un rito exótico ni una religión distinta, sino simplemente una comunidad que la acompañara a llorar y a reír al mismo tiempo, como se hace en una cocina cuando se cocina para alguien que ya no va a volver a sentarse a la mesa.
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