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Cuando el aula se mete en la casa: cómo se nota el estrés escolar y por qué la calma de los adultos puede cambiarlo todo

La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones puede perseguir a los estudiantes fuera del aula y traducirse en cambios de humor, conflictos en el hogar y hasta malestares físicos. También señala que la conexión permanente y la sobreexigencia terminan pasando factura al rendimiento y a la memoria de trabajo.

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Paola CardozoSalud y sociedad · 25 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Lo que más me llamó la atención mientras preparaba esta nota fue pensar en Tomás, un chico de doce años al que conozco de toda la vida, porque su mamá me contaba el otro día, en la puerta de la escuela, que ya no duerme bien, que discute por todo y que el año pasado era otro nene. Y no es el único: en la última semana escuché tres veces la misma queja, siempre con detalles distintos pero con un fondo común, que es el de chicos que cargan una mochila que no termina cuando salen del colegio. Esa mochila, muchas veces, se llama estrés escolar, y puede instalarse en la casa, en la mesa familiar y hasta en el cuerpo.

La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, lo dice con una claridad que a mí me sirve para ordenar lo que veía como un fenómeno disperso: la presión por las tareas, las calificaciones y las comparaciones constantes no se queda en el aula, sino que viaja con los estudiantes y se expresa en cambios de humor, dificultades de conducta y síntomas físicos. Lo más interesante, para mí, es que la especialista pone el foco no en el chico, sino en los adultos que lo rodean, porque la manera en que reaccionamos en casa termina moldeando cómo ellos procesan esa tensión.

La calma como primera herramienta

A mí, como adulta, esto me interpela de lleno, porque uno tiende a querer resolver todo en el momento y, en el apuro, muchas veces empeora las cosas. Albers propone algo tan simple como difícil: hacer una pausa antes de reaccionar, mostrar que se puede pedir ayuda y, sobre todo, no contagiar el propio estrés. Si quien cuida también está sobrepasado, dice, puede servir que el chico vea cómo se trabaja sobre esa dificultad y se busca acompañamiento, porque ese ejemplo vale más que cualquier sermón.

La especialista también insiste en que el sostén no tiene que recaer solo en madre y padre. Pone en valor a esos otros adultos de confianza que pueden mantener la calma cuando las obligaciones sobrepasan al estudiante: un abuelo, una tía, una vecina, una profesora. Es como cuando uno tiene una cañería que pierde y no la puede arreglar solo: siempre es mejor que haya otra persona en la casa que sepa dónde está la llave de paso.

Señales que aparecen en casa, aunque no se digan

Hay algo que me parece clave y que a veces pasamos por alto: la necesidad de acompañamiento no siempre llega en formato de pedido explícito. El chico no va a entrar al living y decirnos que está estresado. Lo que hace, según describe Albers, es manifestarse con variaciones del ánimo, irritabilidad, dificultades de conducta y molestias físicas que no tienen causa médica clara, como dolores de panza repetidos o cefaleas que aparecen los domingos a la noche, antes del lunes escolar.

A las tareas y a las expectativas se suman, además, las comparaciones en redes y los mensajes que mantienen al estudiante conectado de manera permanente con las demandas del colegio. Esa conexión sin pausa, advierte la psicóloga, prolonga la sensación de estar bajo evaluación aun cuando el timbre ya sonó y el cuaderno está guardado.

Por qué el estrés prolongado juega en contra del rendimiento

Acá viene uno de los puntos que más me interesa como periodista, porque une lo emocional con lo concreto. Albers distingue entre una exigencia que puede ser estimulante y una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado larga en el tiempo. En el segundo caso, el organismo dispone de cada vez menos oportunidades para recuperarse, y eso termina pasando factura.

La explicación que da la especialista me hizo pensar en la cocina de una casa: la memoria de trabajo es como una mesada donde uno apoya lo que está cocinando en el momento. Si esa mesada está ocupada por la preocupación, por el miedo a la nota, por el enojo con un compañero, queda poco lugar para manipular la información nueva y para recuperar lo aprendido. Por eso, dice, ayudar a que el estudiante entienda esa relación puede servir para que cuide su bienestar no como un premio, sino como una condición para rendir.

Organizar la jornada cuando todo parece urgente

Para los adultos que acompañamos, la propuesta concreta de Albers es bastante terrenal: revisar qué requiere resolución inmediata, qué admite una espera y qué se puede delegar o directamente quitar. Después, conviene tomar la obligación prioritaria y separarla en acciones más chicas, como cuando uno desarma una mudanza en cajas en vez de mirar el camión entero.

A esa organización se suma el cuidado del tiempo libre. La psicóloga sugiere correr el foco del desplazamiento continuo por redes y reemplazarlo por actividades que inviten a estar en el presente, como una actividad artística o unos minutos de meditación. Es, en definitiva, pasar de una habitación llena de ruido a otra donde se pueda volver a escuchar lo que uno siente.

  • Hacer una pausa antes de reaccionar frente a un conflicto con el chico, en lugar de responder en caliente.
  • Mostrar con el ejemplo que se puede pedir ayuda cuando uno también está estresado.
  • Revisar semanalmente las obligaciones del estudiante y ordenarlas en inmediatas, postergables y delegables.
  • Establecer horarios y espacios sin pantallas para que el colegio no esté presente todo el tiempo.
  • Ofrecer actividades que convoquen al presente, como dibujar, cocinar juntos o una caminata sin celular.
  • Prestar atención a señales físicas o de ánimo repetidas, especialmente cerca de fechas escolares o evaluaciones.

Vuelvo a Tomás, entonces, porque me gusta cerrar estas notas como las empecé. Lo que su mamá me contaba no es un capricho ni una exageración: es la manera que tiene el cuerpo y la cabeza de un chico de decir que la mochila pesa demasiado. Y si algo me queda de la charla con Susan Albers es que la herramienta más potente no es un cuaderno nuevo ni una app de organización, sino la calma de los adultos que lo rodean. Esa calma, en una casa llena de exigencias, termina siendo el verdadero espacio de aprendizaje.

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Paola CardozoSalud y sociedad

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