Cuando el avión todavía no despegó y el miedo ya está en la ventanilla: la mirada del neurólogo para entender por qué volar nos inquieta
Conrado Estol repasó cómo funciona la ansiedad que aparece antes y durante un vuelo, qué lugar ocupan las turbulencias en cielo claro y por qué el alcohol no es una buena compañía para atravesar el temor.

Visto desde la butaca de un avión, todo parece más serio: el motor suena distinto cuando la panza todavía está en pista, la fila para embarcar se estira como si no fuera a terminar nunca y uno mira el reloj pensando que, si pierde el vuelo, pierde las vacaciones, la conexión o la reunión. Esa sensación de que el viaje ya arrancó en la sala de preembarque es, justamente, el primer punto que puso sobre la mesa el neurólogo Conrado Estol a la hora de pensar el miedo a volar: no siempre aparece cuando el avión se mueve, muchas veces empieza mucho antes, cuando todavía estamos en tierra.
Yo lo comprobé la última vez que volé desde Aeroparque. Llegué con lo justo, pasé por el scanner con la campera puesta y pasé tres veces la mochila por el detector hasta que me dejaron pasar. Cuando por fin me senté, ya tenía el corazón acelerado y todavía no habíamos carreteado. Esa corrida previa, los controles, los trámites migratorios y el miedo a llegar tarde quedan pegados, en el cuerpo, a la experiencia de volar. Estol lo describe como un fenómeno de anticipación: la cabeza empieza a ensayar lo que puede pasar mucho antes de que pase, y eso ya es ansiedad.
Estadísticas que la emoción no escucha
Una de las cosas que más le escuché decir al médico, y que a mí me costó aceptar, es que conocer los números de la seguridad aérea no alcanza para apagar el miedo. Podemos saber que volar es, por lejos, el medio de transporte más seguro, y aun así sentir que algo se nos sale del mapa cuando la cabina pega un sacudón. Para Estol, eso no es un capricho: es una respuesta emocional frente a una experiencia que no vivimos en la vida cotidiana, donde todo tiene piso, freno y semáforo.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Su propuesta es bien concreta y muy de esta época: abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y mirar, durante un rato, la cantidad de aviones que están volando ahora mismo en el mundo. La idea no es volverse experto en aviación, sino dimensionar. Si uno ve que en este segundo hay cientos de aeronaves en el aire y la mayoría va a llegar bien, el viaje propio deja de sentirse como una excepción y pasa a ser parte de un movimiento enorme, rutinario, que ocurre todo el tiempo aunque no lo veamos.
Turbulencias: las que vienen con tormenta y las que aparecen con cielo despejado
Durante el vuelo, las sacudidas suelen ser el capítulo más temido. Estol separa dos tipos: las turbulencias asociadas a tormentas, que son las que uno imagina cuando se prende el cartel de cinturón, y las que aparecen con el cielo limpio, sin una nube a la vista. Esto último sorprende, y mucho. Si vamos por la ventanilla y vemos sol, aire calmo y un azul perfecto, ¿por qué el avión se mueve? El especialista lo explica así: el aire no es una masa quieta, es un fluido en permanente movimiento, y aunque no haya nubes, hay capas que circulan a distinta velocidad y generan esas oscilaciones. La casa, como comparación, es el agua de la canilla: sale transparente, pero si uno mira con cuidado ve que tiene pequeñas ondulaciones que cambian el reflejo de la luz.
- Las turbulencias con cielo despejado son frecuentes y, por lo general, de corta duración.
- Los episodios más intensos suelen extenderse apenas unos segundos o algunos minutos, aunque la cabeza los agrande.
- Una forma útil de dimensionarlas es compararlas con los movimientos que se toleran en un viaje en tren o en un micro de larga distancia.
- Los pilotos cuentan con herramientas para identificar zonas de tormenta y desviar la ruta cuando es necesario.
Lo que el alcohol no resuelve (y empeora)
Hay una costumbre muy instalada, y yo caí alguna vez: tomar un par de copas antes o durante el vuelo para distenderse. Estol lo desaconseja de plano. Explica que el alcohol puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que a diez mil metros de altura se sienten el doble. A cambio, propone confiar en los protocolos de la cabina y en la tripulación, que están entrenados para mantener la calma y reducir las distracciones durante la operación.
Vuelvo al principio, a esa sala de preembarque donde el viaje ya había empezado adentro mío. Lo que dejó flotando la charla con Estol es una idea simple: el miedo a volar no es un enemigo a vencer con la fuerza de voluntad, es una reacción que se puede entender, dimensionar y, sobre todo, no dejar que termine condicionando unas vacaciones o una visita familiar. Conocer cómo funciona la ansiedad, mirar cuántos aviones están en el aire ahora mismo y aceptar que algunas turbulencias duran mucho menos de lo que la cabeza imagina son tres pasos chicos para que el avión deje de ser una amenaza y vuelva a ser lo que es: un medio de transporte que, visto en perspectiva, es de los más seguros que existen.
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