Cuando la boca avisa lo que la cabeza todavía no dice: dientes, encías y memoria en la tercera edad
Una revisión de 14 estudios vuelve a poner el foco en la salud bucal en adultos mayores y la relaciona con deterioro cognitivo y demencia. La guía de Harvard que resume qué hacer, cómo cuidarse y en qué momento conviene golpear la puerta del odontólogo.

A Elena, de 74 años, le cuesta confesarlo, y cada vez que lo cuenta lo dice bajito, como si le diera vergüenza: el año pasado dejó de ir al club de los jueves. No fue una decisión, fue un deslizamiento. Empezó notando que le costaba masticar el pan de la merienda, después notó que la gente la miraba a la boca cuando hablaba, y después, un día, directamente prefirió quedarse en casa. Cuando finalmente la revisaron en el consultorio, le faltaban tres piezas dentales y tenía una periodontitis avanzada que llevaba, probablemente, varios años sin diagnosticar. La hija me lo contó el otro día, mientras esperábamos turno en la guardia odontológica de un hospital porteño, y me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "mamá perdió los dientes antes de perder las ganas de salir". Esa frase, dicho sea de paso, condensa bastante bien lo que dice la ciencia más reciente sobre lo que pasa en la boca de los adultos mayores.
Porque la salud bucal tiene efectos que van mucho más allá de los dientes, y una revisión de 14 estudios publicada en la revista JAMDA lo vuelve a confirmar con números concretos: las personas mayores que habían perdido más de un diente presentaban cerca de un 50 por ciento más de riesgo de deterioro cognitivo y un 28 por ciento más de probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia. Los autores aclaran, y vale la pena repetirlo, que se trata de una asociación estadística y no de una relación de causa y efecto comprobada, e indican que en ese vínculo intervienen otros factores como la inflamación prolongada, la alimentación, el acceso a atención odontológica y las enfermedades previas.
Encías inflamadas: la señal que muchos minimizan
La inflamación de encías, lo que en la consulta se conoce como gingivitis, también aparece en distintos estudios vinculada con enfermedades cardiovasculares, pulmonares, obstrucciones en vasos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares. Una forma de entenderlo, sin meterse en tecnicismos, es pensar en la encía inflamada como una canilla que gotea despacio dentro de la casa: el agua no inunda de golpe, pero con el tiempo va manchando el piso, debilitando la estructura y, si nadie la arregla, termina comprometiendo los cimientos. En estos casos tampoco se estableció causalidad directa, pero la asociación alcanza para que los controles odontológicos entren, de una vez por todas, en el seguimiento médico habitual de los adultos mayores.
Cuando la gingivitis no se controla, puede avanzar hacia los tejidos que sostienen los dientes y derivar en periodontitis, una afección que en etapas avanzadas provoca la pérdida de piezas dentales. Y acá aparece el segundo golpe, menos visible pero igual de pesado: la falta de dientes puede empujar al aislamiento. Algunas personas, como Elena, empiezan a evitar conversar, sonreír o asistir a encuentros por incomodidad con su dentadura, y ese retraimiento, en la vejez, es un factor de riesgo en sí mismo.
- Sensibilidad dental: aparece cuando las encías se retraen y dejan expuesta parte de la raíz, o cuando hay bruxismo, que es el hábito de apretar o rechinar los dientes durante el sueño. En este último caso, una férula nocturna puede reducir la presión, siempre que la indique un profesional y después de descartar otros orígenes.
- Bruxismo: si bien se suele asociar al sueño, también puede aparecer de día, en momentos de tensión. El tratamiento varía según el origen, por eso es clave no automedicarse ni comprar férulas por cuenta propia.
- Boca seca: ocurre cuando se produce menos saliva y dificulta masticar, tragar, hablar y percibir sabores. Es un efecto secundario frecuente de varios medicamentos y aparece asociada a diabetes, accidentes cerebrovasculares, alzhéimer y algunas enfermedades que afectan el sistema inmune.
- Dificultad para masticar: cuando se pierden piezas o las encías están inflamadas, las personas suelen cambiar la alimentación, reducir el consumo de fibras, frutas crudas y proteínas duras, y eso impacta directamente en el estado nutricional general.
La guía de Harvard Health Publishing, que resume buena parte de estos hallazgos, recomienda incorporar la consulta odontológica con la misma naturalidad con que se agenda un control clínico o un análisis de sangre, sobre todo después de los 65 años. Y propone, como primera barrera, los hábitos cotidianos: cepillarse los dientes después de cada comida, higienizar los espacios entre dientes con hilo o cepillos interproximales, mantener una alimentación baja en azúcares y prestar atención a la boca seca como señal de alerta y no como una simple molestia pasajera.
Cuándo conviene golpear la puerta del odontólogo
Lo que vimos en la guardia aquel día, mientras esperaba con la hija de mi paciente ocasional, fue una fila interminable de adultos mayores con turnos postergados hacía meses. Algunos venían por dolor, otros por un diente que se les había caído solo, y varios, casi en susurros, admitieron que hacía más de un año que no se sentaban en un sillón odontológico. La escena, mirándola con los datos de la revisión en la mano, deja de ser una anécdota y pasa a ser un problema de salud pública. Por eso conviene consultar sin esperar al dolor cuando hay sangrado de encías al cepillarse, movilidad en los dientes, mal aliento persistente, dificultad para masticar, retracción de encías, sequedad bucal que no se explica o cambios en la forma de la mordida.
Elena, mientras tanto, empezó un tratamiento periodontal y, contra todos los pronósticos, aceptó la idea de una rehabilitación protésica. Todavía no volvió al club de los jueves, pero su hija me dijo que el mes que viene, si todo sale bien, la va a acompañar ella misma. La ciencia, en estos casos, hace lo que puede: muestra asociaciones, propone cuidados, insiste con los controles. Lo demás, lo más humano, lo sigue haciendo la gente que decide sentarse otra vez a la mesa, con todos los dientes que se pueda, y volver a conversar con la boca llena de ganas.
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