Cuando la palabra se escapa: claves para recuperarla y señales para no pasarlas por alto
La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas describe por qué a veces sabemos qué queremos decir y, aun así, el término justo no aparece; además, marca la diferencia entre un olvido puntual y un cuadro que merece consulta profesional.

A veces uno abre la boca, tiene la idea perfectamente armada en la cabeza y, sin embargo, el término exacto no aparece. Esa sensación, que técnicamente se conoce como fenómeno de punta de la lengua, es más común de lo que parece y suele generar una frustración silenciosa, sobre todo en personas adultas que sienten que antes no les pasaba. Yo mismo, en conversaciones de café con gente grande de mi barrio, escucho cada vez más comentarios de ese tipo: "Tengo la palabra en la punta de la lengua y no me sale", dicen, y se ríen, aunque por dentro preocupa.
Para entender qué ocurre en esos segundos en los que el concepto parece claro pero su nombre no llega, recurrí a la neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, quien explicó que acceder a una palabra implica, en primer lugar, activar su significado y, después, recuperar los sonidos que permiten pronunciarla. Cuando ese segundo paso se demora o se interrumpe por un momento, se produce esa pausa tan familiar.
Recursos prácticos para retomar el hilo
- Buscar un sinónimo o describir aquello que se quiere nombrar, en lugar de quedarse atascado en el término que no aparece.
- Pensar en la letra inicial, en la utilidad del objeto o en sus características más salientes: cada una de esas vías puede acercar al vocablo justo.
- Conversar sobre asuntos de interés y contar una información con palabras propias, porque esa práctica exige recuperar conocimientos, ordenar ideas y sostener la atención.
- Disminuir las distracciones del entorno para conservar la concentración y no perder el hilo de lo que se está diciendo.
Esas pequeñas estrategias, según la especialista, sirven para estimular la fluidez verbal y, sobre todo, para no convertir un olvido aislado en un bloqueo mayor. A veces, basta con dejar de presionar la memoria: la palabra puede aparecer minutos después, cuando uno ya dejó de buscarla con insistencia.
Cuándo conviene consultar a un profesional
Ahora bien, no todas las pausas son iguales, y ahí está la distinción clave que plantea Sánchez Salinas: existe una diferencia enorme entre un episodio aislado y una dificultad que se repite y empieza a complicar la comunicación cotidiana. La recomendación, en ese segundo caso, es noarlo y pedir una evaluación.
“Sánchez Salinas recomienda consultar cuando encontrar palabras se vuelve un problema frecuente, aparecen confusiones al nombrar objetos habituales o cuesta seguir una conversación. También merecen atención los cambios notorios en el habla que advierten la propia persona o quienes la rodean.”Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica
En concreto, la licenciada advierte que hay que estar atentos si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida diaria, ya sea en una charla familiar, en un trámite o en el trabajo. Una evaluación clínica y neuropsicológica puede contribuir a comprender esos síntomas y orientar el diagnóstico y el tratamiento adecuados, algo que en la Argentina se solicita habitualmente a través del médico de cabecera o de un servicio de neurología.
Por qué ocurre y a quién le pasa más
En mi recorrida como cronista de las comunidades, me encuentro con lectores que asocian este tipo de olvidos únicamente con la vejez, y por eso vale la pena aclararlo: la especialista subraya que puede ocurrir a cualquier edad, sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión emocional. Con los años, se hace más frecuente, pero eso no implica necesariamente haber perdido la palabra; en muchos casos, como ya se dijo, reaparece al rato, cuando cesa el esfuerzo por encontrarla.
El envejecimiento tampoco modifica todas las capacidades del lenguaje por igual. Sánchez Salinas señala que con el paso del tiempo puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, mientras que la comprensión cotidiana suele conservarse. Esa asimilación es, para mí, el dato más reconfortante de toda la conversación: entender lo que nos dicen no se pierde al mismo ritmo que dar con el nombre justo, y eso cambia mucho la manera de vivir estas pausas. Después de tantos años escuchando historias en los barrios, me quedo con esa idea: si la palabra no sale, hay tiempo, hay recursos y, sobre todo, hay señales claras para saber cuándo es momento de pedir ayuda. La comunidad, en definitiva, pidió con buen tino noar estos episodios y consultar a tiempo, porque detectarlos precozmente suele hacer la diferencia.
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