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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Decir que no: la marca que se aprende de chico y se puede reescribir de grande

Ansiedad, resentimiento y hasta dolores sin causa clara pueden ser la forma que encuentra el cuerpo para suplir los límites que la persona no se anima a poner. También está la vereda de enfrente: quien no tolera un no ajeno y termina vaciando las relaciones. Una nota para entender por qué cuesta tanto y por qué no es un rasgo de carácter fijo.

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Paola CardozoSalud y sociedad · · 3 min de lectura
Decir que no: la marca que se aprende de chico y se puede reescribir de grande

Lo conocí en una guardia, hace ya varios años. Venía por un dolor en el pecho que aparecía siempre los domingos a la noche, como un reloj que se adelantaba al lunes. Le hicimos todos los estudios que correspondían y el corazón estaba perfecto. Lo que no estaba perfecto era otra cosa: ese hombre, contador, padre de dos chicos, atendía a su madre enferma, sostenía a un hermano sin trabajo, aguantaba a un jefe que le gritaba y llegaba a su casa exhausto. Nunca había aprendido a decir que no, y el pecho se lo estaba diciendo por él. Esa imagen me quedó grabada porque resume, mejor que cualquier libro, de qué hablamos cuando hablamos de límites.

Por qué cuesta tanto decir que no

La dificultad para poner límites no nace en la adultez ni aparece por arte de magia: empieza a formarse desde los primeros meses de vida. Un bebé necesita que alguien lo limite, porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga. El pecho que no siempre está disponible, el no firme cuando hay un peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como frustración, es lo que después permite distinguir entre uno mismo y el otro, entre lo que deseo y lo que la realidad ofrece. El límite, entonces, no es lo contrario del amor: es una de las maneras que tiene el amor de cuidarnos.

Las dos trampas más frecuentes

Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos patrones opuestos que, en la consulta, aparecen una y otra vez.

  • El que no puede poner límites. Aprendió, de chico, que su propio deseo molestaba, o que decir que no ponía en riesgo el vínculo. De grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se carga al hombro lo que no le corresponde. El costo es concreto: ansiedad, un resentimiento que se va acumulando y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
  • El que no tolera el límite ajeno. Cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. Esa postura puede parecer fortaleza, pero responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, se organizan alrededor de su voluntad y eso las termina vaciando.

Entre esos dos extremos hay un punto medio que no es sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar un vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero, como me dijo una vez una colega con mucha experiencia, casi siempre es un costo menor que el de seguir acumulando síntomas y silencios.

Se aprende de chico y se puede reescribir de grande

Y acá viene la mejor noticia: esto no es un carácter inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro. Volviendo a aquel hombre del dolor del domingo, lo cierto es que con tiempo y con ayuda pudo empezar a decir lo que antes no decía, y el dolor de pecho fue aflojando. No fue magia: fue el trabajo, largo, el de aprender que poner un límite también es una forma de querer.

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Paola CardozoSalud y sociedad

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