Después del gimnasio: qué le pasa al cuerpo y por qué a veces cuesta hasta subir las escaleras
La fatiga que sigue a un entrenamiento intenso no es solo muscular: involucra al sistema nervioso, al metabolismo y a la percepción del esfuerzo. Una especialista en rendimiento deportivo de la Universidad de Nottingham Trent explica los mecanismos y qué estrategias concretas ayudan a recuperarse más rápido y con menos molestias.

Lo vi en la guardia, una tarde cualquiera, y me quedó grabado. Un hombre de unos cincuenta y tantos llegó con la cara desencajada, sin una sola marca en el cuerpo pero con la certeza absoluta de que algo había salido mal. Me dijo que había ido al gimnasio después de años sin moverse, que hizo una serie de sentadillas con barra y que, al volver a su casa, no podía ni subir los dos escalones del umbral de la puerta sin tomarse del marco. No era una lesión, no había un hueso roto ni un desgarro visible. Era algo mucho más común y, a la vez, mucho más interesante desde lo fisiológico: la fatiga posterior al ejercicio, esa sensación de piernas de plomo y de energía en el suelo que aparece una hora después de entrenar y que mucha gente confunde con flojera o con falta de voluntad.
Porque el cansancio que aparece tras una sesión exigente no es solo muscular, ni mucho menos. Según Athalie Redwood-Brown, profesora de análisis del rendimiento deportivo en la Universidad de Nottingham Trent, se trata de un fenómeno que resulta de al menos tres procesos que ocurren en simultáneo dentro del organismo: cambios dentro del tejido muscular, alteraciones en el sistema nervioso y variaciones en las reservas de energía disponibles. Y los tres pesan, y los tres hay que entenderlos para poder recuperarse bien.
Qué pasa dentro del músculo, en el sistema nervioso y en el combustible
Para explicarlo de manera casera, como me gusta hacer cuando un paciente me pregunta por qué le duele todo después de entrenar, suelo usar una comparación de la casa. Piensen en el músculo como una instalación eléctrica: para que una lámpara encienda, hace falta un interruptor (el cerebro), un cable que lleve la corriente (el nervio) y una bombilla que funcione (el músculo en sí). El ejercicio intenso puede afectar a las tres cosas al mismo tiempo, y por eso la fatiga es un fenómeno tan completo.
- Dentro del músculo, el movimiento depende de partículas con carga eléctrica que activan la contracción. El ejercicio altera ese equilibrio iónico, lo que reduce la capacidad del tejido para responder con la misma eficacia. De ahí esa sensación de que los músculos quedaron vacíos, como si les hubieran sacado algo por dentro.
- En el sistema nervioso aparece la llamada fatiga central: el cerebro y la médula espinal son los encargados de enviar las señales que ordenan la contracción muscular, y ante esfuerzos elevados esa activación puede disminuir de forma transitoria. El problema no está solo en el músculo sino en la dificultad temporal para reclutarlo con la misma intensidad, como si el interruptor de la casa empezara a fallar.
- El combustible también pesa. Los músculos usan carbohidratos almacenados como fuente principal de energía, y después de una sesión prolongada esas reservas bajan. A eso se suma la transpiración, que genera pérdida de agua y electrolitos como el sodio, claves para el funcionamiento normal de músculos y nervios. Si esa pérdida no se repone, el rendimiento empeora y el esfuerzo se percibe como mucho más difícil de lo que realmente fue.
Ahora bien, Redwood-Brown distingue esa fatiga general de algo que muchos lectores van a reconocer perfectamente: el dolor muscular de aparición tardía, conocido por sus siglas en inglés como DOMS. No es lo mismo. Ese malestar específico suele aparecer después de movimientos poco habituales o al retomar la actividad tras un período de inactividad, y se asocia en particular con el trabajo excéntrico, es decir, con el momento en que el músculo genera fuerza mientras se alarga, como cuando uno baja lentamente una pesa, o como cuando ese hombre del que les contaba al principio intentaba controlar el descenso en una sentadilla después de años sin hacerlo.
Y acá va algo que me parece importante remarcar, porque lo escucho una y otra vez en la consulta: la fatiga no es patrimonio exclusivo de los principiantes. Un corredor con experiencia que hace por primera vez una sesión intensa de fuerza puede quedar tan resentido como alguien que se inicia. La diferencia, dice la especialista, es que el organismo entrenado tiende a readaptarse más rápido, pero la primera exposición a un estímulo nuevo golpea parejo. Por eso, cuando alguien me dice en la guardia yo hace veinte años que corro, no entiendo por qué me duele tanto si ayer fui a una clase de pesas, le respondo siempre lo mismo: justamente por eso, porque su cuerpo no estaba preparado para ese tipo de esfuerzo y la factura llega puntual.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Neuquén integra un plan nacional de alfabetización: "La mitad de los chicos de tercer grado no entiende lo que lee"


El Gobierno modificó el sistema de acceso a medicamentos de alto costo para personas sin cobertura médica
