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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Dos pueblos fantasmas y una guerra vieja: así se filmó "La bola negra" en las entrañas de Burgos

Los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi eligieron Castil de Carrias y Loranquillo, aldeas deshabitadas desde hace décadas, como escenario de las escenas ambientadas en la Guerra Civil. Encontraron lo que ningún decorado podía fabricar: abandono real, botellas olvidadas y una iglesia que todavía espera a sus últimos vecinos.

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Marta TolabaCultura y espectáculos · · 3 min de lectura
Dos pueblos fantasmas y una guerra vieja: así se filmó "La bola negra" en las entrañas de Burgos

Hay ironías que el cine no inventa, solo las encuentra. Para filmar una guerra civil, los directores de "La bola negra" necesitaban pueblos destrozados y dieron con dos aldeas burgalesas donde la devastación ya estaba hecha: la hicieron el tiempo, el despoblamiento y el olvido. Como si Castilla, harta de perder vecinos, se ofreciera gratis como plató.

Castil de Carrias y Loranquillo son los nombres. Dos núcleos deshabitados del municipio de Belorado, a unos diez kilómetros de distancia el uno del otro, que la producción eligió para reconstruir las secuencias históricas de la película. Rodaje desde el 25 de agosto de 2025, pueblos cerrados al público durante esos días. Razón principal, según cuentan los propios directores: las ruinas ya estaban en condiciones de transmitir lo que el guión pedía, sin necesidad de levantar decorados para luego demolerlos (un detalle que suena muy de Hollywood y muy poco de la España vaciada, donde demoler ya lo hizo el siglo XX entero).

Castil de Carrias: el pueblo que se fue quedando solo

La historia documentada de Castil de Carrias arranca, como mínimo, en el siglo XII. A mediados del XIX llegó a tener más de 240 habitantes, una cifra que hoy suena a ciencia ficción para cualquier pueblo de la meseta. El censo de 1950 todavía marcaba 178 vecinos. En 1970 quedaban 59. El pueblo agonizó en esa escala mínima hasta 1994, cuando murió Florentino González Sáez, su último habitante. Lo que queda es un inventario involuntario de una vida suspendida: una escuela, una taberna con botellas todavía en los estantes (uno imagina las manos que las dejaron allí), herramientas domésticas tiradas, vehículos oxidados y la iglesia de Santa María, con señales de expolio y deterioro.

Loranquillo completa la postal. Se despobló en los años noventa, después de haber sido integrado a Belorado en la década del setenta. Entre los dos pueblos, junto con Quintanilla, forman una ruta de senderismo de 22 kilómetros que ya funcionaba como museo a cielo abierto antes de que llegasen las cámaras.

Por qué eligieron y no un decorado

  • La responsable de localizaciones, Clara Salvador, recorrió la provincia de Burgos hasta encontrar edificios parcialmente derruidos que sirvieran para recrear la Guerra Civil sin construir desde cero.
  • Los directores buscaban algo más que la imagen de las ruinas: querían transmitir la sensación de una vida interrumpida sin que nadie terminara de recoger sus cosas.
  • Ese detalle, explican, tiene un peso específico en la película, centrada en la memoria, la violencia y lo que el tiempo termina borrando.

Quiero rescatar algo que suele pasar inadvertido en este tipo de producciones: el trabajo de quienes buscan locaciones. No es glamour de alfombra roja. Es patearse polígonos, pueblos, ermitas y pajares con una carpeta de requisitos en la mano. Clara Salvador, en este caso, merece su minuto de crédito. Encontrar un pueblo entero en estado de abandono con las condiciones justas para una película no es cuestión de suerte: es saber mirar lo que otros dan por perdido.

El resultado, al menos en papel, es de esos acuerdos felices entre ficción y realidad. La España vaciada lleva décadas denunciando su propio despoblamiento. Que dos cineastas decidan rodar una guerra en pueblos vacíos no resuelve nada, por supuesto, pero deja una imagen potente: mientras el país se vacía, alguien todavía vuelve a ponerle cámara a lo que queda. Si la película está a la altura del escenario, el espectador va a sentir el frío de esas calles como si fuera propio. Y eso, en el cine, no se fabrica.

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Marta TolabaCultura y espectáculos

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