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El baño de bosque que nació en Japón y que cualquier porteño puede ensayar en una plaza con árboles

Caminar lento, sin teléfono y sin contar pasos: la promesa del shinrin-yoku, la práctica que el gobierno japonés impulsó en 1982 para enfrentar el estrés de la vida moderna y que la ciencia viene estudiando desde entonces.

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Paola CardozoSalud y sociedad · 14 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Lo conocí a Roberto una tarde de noviembre, en la guardia de un centro de salud del conurbano bonaerense donde cubría una nota sobre malestares que no terminan en diagnóstico claro. Tenía 52 años, trabajaba en una pyme metalúrgica y llegaba con la mandíbula apretada, el sueño fragmentado y esa frase que se repite como un latido en la consulta: "no puedo parar la cabeza". Le pregunté qué había probado antes de pedir un turno con el médico clínico y me dijo, con una media sonrisa, que alguien le había recomendado "caminar entre árboles como si fuera un japonés". Le pregunté si lo había hecho. Me dijo que no, pero que esa misma semana iba a probar. Esa tarde, mientras esperaba que le dieran el alta, le conté que lo que le habían recomendado tenía nombre, tenía historia y tenía, sobre todo, una hipótesis biológica interesante para entender por qué tantas personas sienten que les cambia el cuerpo cuando dejan el asfalto y se internan en un espacio verde.

La práctica se llama shinrin-yoku, que en japonés se traduce como "baño de bosque", y existe como política pública desde 1982. En ese momento, Japón atravesaba una transformación industrial y urbana profunda, el estrés laboral crónico se había vuelto un problema de salud pública y el gobierno buscaba una estrategia de bajo costo para que la población volviera a tener contacto con los espacios naturales del país. La propuesta era deliberadamente simple: caminar lentamente por un entorno forestal, sin cronómetro, sin objetivos físicos, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. Nada más que eso.

Qué le pasa al cuerpo cuando uno se interna en lo verde

En las décadas siguientes, distintos equipos de investigación se preguntaron qué ocurría en el organismo durante esas caminatas. Los resultados más consistentes, según la revisión de la literatura disponible, apuntan a una reducción de indicadores fisiológicos del estrés, entre ellos el cortisol, y a cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, esa rama del sistema nervioso autónomo que se activa ante las amenazas y las urgencias. También se estudió la posible influencia de los fitoncidas, compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite conclusiones definitivas.

Para que se entienda con una imagen de la casa: si el cuerpo fuera una cocina, el cortisol sería el gas que mantiene la hornalla fuerte y caliente todo el día. Vivir con la hornalla al máximo, sin bajarla nunca, termina quemando la salsa, secando la olla y dejando a quien cocina con un cansancio que no se explica por el trabajo hecho sino por el calor acumulado. El baño de bosque, según sugieren los estudios, funcionaría como bajar la hornalla: no apagar el fuego, sino regularlo para que el sistema vuelva a un rango en el que pueda descansar, digerir y repararse.

  • Un entorno arbolado, no necesariamente un bosque lejano: una plaza, un parque urbano o un árboleda ribereña pueden servir como punto de partida.
  • Al menos media hora, aunque varias investigaciones trabajan con caminatas de dos a cuatro horas.
  • Nada de teléfono ni auriculares, para no reemplazar un estímulo por otro.
  • Ritmo lento, sin exigirse un ritmo cardíaco determinado ni contar pasos.
  • Atención puesta en los sentidos: texturas, olores, sonidos y colores del entorno.

Hay un dato que me parece clave para no sobredimensionar la promesa: la mayor parte de los estudios comparan el bosque con ambientes urbanos, de modo que no es posible aislar con exactitud cuánto del efecto proviene de los árboles en sí y cuánto de factores asociados, como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o, simplemente, alejarse unas horas de las obligaciones habituales. Eso no invalida la práctica, pero sí pide que se la tome como lo que es: una pausa fisiológicamente significativa, no una pócima milagrosa.

Por qué la vida moderna pesa tanto sobre el sistema nervioso

Una de las hipótesis más interesantes que circulan en la literatura tiene que ver con la sobrecarga de atención que caracteriza la vida cotidiana: notificaciones, pantallas, decisiones pendientes y estímulos que exigen respuesta permanente obligan al cerebro a funcionar en modo reactivo, casi como un portero de edificio que no puede sentarse porque la puerta no para de sonar. El entorno forestal no impone esa vigilancia. Sin esa presión, la atención pasa de un modo reactivo a uno más tranquilo, lo que podría explicar la sensación de claridad mental que muchas personas describen después de caminar entre árboles.

Lo que sí parece sostenerse con razonable consistencia es una idea más amplia, casi una obviedad que la rutina hace olvidar: el sistema nervioso responde al ambiente donde funciona, no solo a técnicas o decisiones conscientes. Y durante la mayor parte de la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana permanente, con sus pantallas y sus bocinas, es relativamente reciente en términos evolutivos. Por eso, según esta línea de lectura, el cuerpo no está enfermo: está funcionando en un entorno para el que no fue diseñado.

Volví a cruzarlo a Roberto un mes después, ya no en la guardia sino en un parque de su barrio, caminando despacio con auriculares en el bolsillo y el teléfono en modo avión. Me dijo que no había cambiado su vida ni su trabajo, pero que dormía un poco mejor y que había aprendido, sobre todo, a hacer algo que antes le parecía un lujo: detenerse. Tal vez eso, en el fondo, es lo que vuelve al shinrin-yoku una herramienta tan atractiva para los lectores de entre 40 y 60 años que atraviesan años de obligaciones simultáneas: no les promete nada mágico, solo les devuelve, durante una caminata, el contacto con un ritmo más parecido al que el cuerpo humano reconoce como propio.

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Paola CardozoSalud y sociedad

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