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El celular en la mesa, la noche entera y un buen puñado de arvejas: cómo se construye (de verdad) una memoria que aguante los años

Pasar menos horas pegado al teléfono, dormir entre siete y ocho horas, caminar, alimentarse con el patrón MIND y obligarse a recordar antes de googlear: un puñado de especialistas repasa qué gestos cotidianos pueden hacer la diferencia antes de que aparezcan los primeros olvidos.

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Paola CardozoSalud y sociedad · 27 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Lo conocí a Juan hace muchos años, cuando los dos éramos jóvenes y la cabeza funcionaba como una máquina bien aceitada. A los 63, Juan se sienta frente a mí en la guardia y me dice, con una mezcla de vergüenza y fastidio, que entró al living, se quedó parado mirando la pared y no se acordaba qué había ido a buscar. Me río con él, porque conozco esa sensación: a mí, hace unos días, se me perdió el nombre de un paciente al que atiendo desde hace una década. Lo único que lo separó del pánico fue entender que no estaba ante un problema neurológico, sino ante un cerebro saturado de estímulos. Esa es, justamente, la puerta de entrada de esta nota: entender por qué hoy se nos olvida todo, y qué se puede cambiar en lo cotidiano antes de quejarnos con el médico.

Bajar el volumen del mundo digital

Cuando uno revisa el chat mientras habla por teléfono, contesta un mail mientras cocina y, en el medio, mira una serie, el cerebro no está haciendo multitasking: está saltando de un foco a otro, una y otra vez, como un perro que no puede quedarse quieto. Eso no solo cansa, también deteriora. Gary W. Small, director de terapias innovadoras de salud conductual de Hackensack Meridian Health, lo explica con una claridad que me gustaría tener a mí en la consulta: esa alternancia permanente aumenta los errores y genera un estrés que va directo contra la memoria de corto plazo, esa que usamos para retener un número de teléfono, una dirección nueva o el motivo por el que entramos a un cuarto.

  • Dejar el celular en otra habitación mientras se trabaja en una sola tarea.
  • Reservar dos o tres momentos fijos del día para revisar mensajes y mails, en lugar de vivir pendientes del teléfono.
  • Agrupar los trámites administrativos (pagos, turnos, colas al banco) en un mismo bloque horario, para no fragmentar la atención.
  • Cuando no aparezca un nombre o un dato, intentar recuperarlo mentalmente antes de googlearlo: es un ejercicio, no una pérdida de tiempo.
  • Evitar mirar pantallas en la cama y reducir el scrolling nocturno, que fragmenta el sueño sin que lo parezca.
“Ese esfuerzo por recordar activa el hipocampo y la corteza prefrontal. Es como obligar al cerebro a ir al gimnasio un rato antes de hacer trampa con el buscador.”Sara Mednick, profesora de Ciencias Cognitivas de la Universidad de California en Irvine

Dormir bien: la memoria se cons-truye de noche

Insisto siempre con esto a mis pacientes y me lo repito a mí mismo: dormir no es perder el tiempo, es la otra mitad del trabajo. Mientras uno está inconsciente, el cerebro ordena lo aprendido durante el día, fija recuerdos y descarta lo que sobra, como una cocina que se limpia sola cuando cierra el local. La recomendación de dormir entre siete y ocho horas no es un capricho wellness: es la base de todo el resto. Mednick, además, me dio una de las pocas buenas noticias que se pueden dar en una guardia: una siesta de unos 30 minutos puede ayudar a fijar información, como un refuerzo del sueño nocturno, no como un reemplazo.

El movimiento es el otro gran aliado, y no hace falta volverse maratonista. Small suele decir que caminar es una de las herramientas más subestimadas que tenemos, y la evidencia lo acompaña: un estudio de la Universidad de Illinois siguió durante un año a 120 personas de entre 55 y 80 años. Las que caminaron rápido 40 minutos, tres veces por semana, terminaron con un hipocampo un 2% más grande que las que hicieron solo estiramientos y tonificación. Un 2% parece poco hasta que uno entiende que, en esa franja etaria, la tendencia natural es que esa zona del cerebro se achique. El mecanismo es simple: el ejercicio mejora el envío de oxígeno y nutrientes al cerebro y favorece la producción de proteínas que sostienen la comunicación entre neuronas. Traducido a la casa: es como aceitar las bisagras para que las puertas sigan funcionando sin chirriar.

La mesa también entrena la cabeza

Y sí, la comida entra en la conversación. Los especialistas ponen sobre la mesa el patrón MIND, que combina lo mejor de la dieta mediterránea y de la DASH, y que en lugar de sonar a protocolo médico suena a verdulería de barrio: cereales integrales, vegetales de hoja, frutas secas, legumbres, pescado graso y un chorrito de aceite de oliva. No hay superalimento mágico ni suplemento milagroso; lo que hay es una manera de alimentarse que, sumada al movimiento y al descanso, protege la atención y la capacidad de guardar recuerdos. Lo importante es entender que no se trata de prohibir, sino de sumar: incorporar más de esto, un poco más de aquello, y dejar que el resto se acomode solo.

Falta el último ladrillo, y es el más humano: conversar, aprender, hacer cosas con otros. Una buena charla con un amigo exige escuchar, interpretar lo que el otro dice, leer la cara, sostener el hilo y, sobre todo, recuperar recuerdos para responder. Tocar un instrumento, anotarse en un taller de idiomas, sumarse a un club de lectura, aprender a cocinar algo nuevo: todo eso le pide al cerebro que recuerde, que preste atención y que se mantenga flexible. Volviendo a Juan, el del living y la pared vacía, lo mandé a casa con una indicación muy poco heroica: dejar el teléfono en la cocina después de las nueve, dormir siete horas de verdad, caminar cuatro veces por semana y volver a juntarse los domingos con sus compañeros de facultad. No le di un remedio. Le pedí que recuperara una rutina. A veces, la memoria no se pierde de golpe: se nos va despacito, mientras vivimos apurados. Y se recupera, también despacito, cuando decidimos cuidarla.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

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