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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El precio invisible de ser el pilar de todos: cuando la madurez llega y la red se vacía

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico que golpea a los 60: personas hipercompetentes y siempre disponibles que, al cambiar las circunstancias, descubren que sus vínculos rara vez fueron recíprocos. Reconocerlo a tiempo puede cambiar la trama de los años que vienen.

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Ramiro SegundoComunidades y territorio · · 4 min de lectura
El precio invisible de ser el pilar de todos: cuando la madurez llega y la red se vacía

A lo largo de más de dos décadas cubriendo comunidades y territorios para este portal, aprendí que las historias más profundas no siempre nacen en un paraje rural ni en una sala de intendencia: muchas veces aparecen, silenciosas, detrás de un café compartido con un referente que cumple 60 años y, por primera vez en su vida, se siente solo. Esa fue exactamente la sensación que me quedó leyendo el material que da origen a esta nota, y es la que intento transmitirles ahora, porque me parece que habla de una porción enorme de lectores a los que les escribo cada semana desde este rincón del periodismo.

Llegar a los sesenta sin un círculo íntimo de contención no es, contra lo que suele pensarse, una señal de torpeza social ni de mala suerte. La psicología clínica describe un perfil exactamente opuesto: personas que fueron el pilar indiscutido de sus familias, de sus equipos de trabajo y de sus comunidades durante décadas, siempre dispuestas a escuchar, a mediar en un conflicto, a resolver un trámite, a contener un llanto o a bancar una crisis ajena con la misma naturalidad con la que se sirve un mate. El problema, lejos de ser la ausencia de vínculos, es la calidad asimétrica de esos vínculos, y esa asimetría se vuelve brutalmente visible cuando el contexto cambia y el entorno deja de tener necesidad de quien siempre estuvo.

El cuidado compulsivo: cuando la identidad se arma alrededor de la disponibilidad

Los especialistas denominan cuidado compulsivo a la tendencia a construir la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese lugar escucha, aconseja y resuelve con una frecuencia que llama la atención de todo el grupo, pero rara vez recibe la misma contención de vuelta, y lo que es más grave: rara vez se la permite recibir. Con el paso de los años, el entorno va interiorizando esa asimetría como si fuera un orden natural de las cosas, y termina viendo a la persona fuerte no como alguien con necesidades propias, sino como un recurso estable, casi como un servicio público al que se acude cuando hace falta.

El mecanismo se vuelve crudamente visible cuando cambian las circunstancias. Una salida del mercado laboral, una pérdida significativa, una mudanza o cualquier crisis propia expone, sin anestesia, que la mayoría de esos vínculos dependían de la utilidad funcional que uno ofrecía: el acceso a determinada experiencia, a contactos laborales, a la capacidad de gestionar cosas que otros no se animan a gestionar. Cuando esa utilidad desaparece, la red se adelgaza con una velocidad que deja perplejo hasta al propio interesado.

  • Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT, confirman que los vínculos construidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto cambia de manera abrupta.
  • La reciprocidad, en cambio, genera lazos que sobreviven a jubilaciones, mudanzas, enfermedades y cambios de etapa sin deteriorarse de forma significativa.
  • La dificultad concreta para pedir ayuda aparece como un freno adicional: quienes ejercieron el rol de cuidadores durante años asocian solicitar auxilio con una amenaza a su propia autoestima.
  • Mostrar vulnerabilidad resulta incómodo porque contradice la imagen de fortaleza que construyeron durante décadas, y esa incomodidad los lleva a transitar sus propias crisis en soledad, incluso cuando tienen a personas literalmente a su lado.
  • La salida que propone la psicología no es dejar de cuidar a otros, sino habilitar la reciprocidad, lo que implica comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine y revisar qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta.

Por qué este tema me toca de cerca comoCronista de comunidades

Como cronista que recorre comunidades y territorios, me cruzo permanentemente con este perfil: delegados sindicales, presidentas de comisiones de fomento, referentes barriales, coordinadores de centros de jubilados, maestras rurales jubiladas, agentes sanitarios que atendieron a tres generaciones de familias en el mismo pueblo. Todos cargan, a los sesenta o cerca de los sesenta, una mochila enorme de reconocimiento social por lo que hicieron por los demás, y al mismo tiempo una sensación difícil de nombrar de que, cuando ellos necesitan, el teléfono suena menos de lo que imaginaron. Por eso me parece valioso reproducir, sin alterar, lo que el material de base sostiene como pedido textual de los propios protagonistas del fenómeno.

“Reconozco este patrón en mi propia historia o en la de alguien cercano, y quiero tomarme en serio lo que dice la psicología antes de que el calendario avance y la red social se reorganice sin que yo haya hecho algo para revertirlo a tiempo.”Petición recurrente de los propios cuidadores compulsivos al llegar a los 60

Cuanto antes se trabaje sobre este patrón, más tiempo se tiene para construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice en torno a la jubilación, a una mudanza, a la crianza de nietos o a cualquier otro cambio de etapa. No se trata de volverse egoísta ni de cortar lazos: se trata de entender que la vulnerabilidad también es una forma de invitación al otro, y de animarse, por primera vez en mucho tiempo, a hacer esa invitación con la misma naturalidad con la que uno siempre ofreció lo suyo.

RS
Ramiro SegundoComunidades y territorio

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