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Estornudar no es toser: por qué tu perro hace ruido cuando está feliz y cuándo conviene llamar al veterinario

El adiestrador Tony Silvestre explica que el estornudo en los perros suele ser una válvula de escape emocional durante el juego o las caricias, aunque hay combinaciones de síntomas que sí encienden las alertas.

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Ramiro SegundoComunidades y territorio · 14 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Acompañé durante varias semanas el trabajo del adiestrador canino Tony Silvestre en distintos barrios del conurbano bonaerense y pude comprobar que, apenas un perro estornuda en plena sesión de juego, la mayoría de los dueños ya está marcando el número del veterinario con la misma urgencia con que uno llamaría al médico si un chico empieza a toser en el supermercado, una reacción que el propio Silvestre se encarga de desarmar con una frase que repiten sus clientes: cuando un perro estornuda, lo más probable es que no esté enfermo, sino expresando un estado de ánimo, y entender esa diferencia cambia por completo la convivencia diaria con la mascota porque ahorra visitas innecesarias a la clínica y, sobre todo, evita castigar al animal con un retiro brusco del juego justo cuando más está disfrutando.

La explicación fisiológica detrás de cada estornudo

Silvestre, que trabaja con perros desde hace más de dos décadas en centros de adiestramiento de la provincia de Buenos Aires, me describió el mecanismo con un lenguaje que cualquier dueño puede entender: durante los picos de excitación, ya sea porque el animal está corriendo detrás de una pelota, recibiendo caricias en la panza o anticipando la caminata diaria, el organismo del perro acumula una presión de aire en las vías respiratorias que necesita liberar de algún modo, y el estornudo aparece como esa válvula de escape natural que devuelve la calma al sistema respiratorio. El adiestrador lo resume con un comentario que suele arrancar sonrisas en sus clases: si tu perro no estornuda, significa que no te quiere, una exageración obvia pero útil para que los dueños relajen la alarma y empiecen a leer el cuerpo del animal en lugar de quedarse atrapados en el sonido.

Para distinguir un estornudo emocional de uno que sí merece preocupación, el especialista propone una guía de observación muy concreta que aplico cada vez que alguien me consulta con el teléfono en la mano.

  • Mirada tranquila, sin blancura visible en los ojos y con parpadeo normal, es señal de bienestar.
  • Cola en movimiento pero sin rigidez, que se mueve suelta a la altura de la cadera.
  • Orejas en posición natural según la raza, ni totalmente aplastadas hacia atrás ni rígidamente erectas.
  • Postura relajada del cuerpo, con el perro dispuesto a seguir jugando o a recostarse boca arriba mostrando la panza, que en el lenguaje canino equivale a una declaración de confianza plena.
  • Interacción serena con otros perros y con las personas del entorno, sin agresividad ni retraimiento.

Cuando todas esas señales están presentes, el estornudo encaja dentro del cuadro emocional y no hay razón para preocuparse, sostiene Silvestre, que aclara que también pueden aparecer estornudos puntuales por causas externas menores, como el ingreso de agua a las fosas nasales después de que el perro nade o beba apurado, situaciones que tampoco requieren intervención profesional si el animal se sacude, sigue jugando y no repite el síntoma en los minutos siguientes.

Cuándo sí hay que pedir turno al veterinario

El escenario cambia cuando los estornudos se vuelven frecuentes y aparecen combinados con otros indicadores clínicos, un cuadro que la medicina veterinaria recomienda atender sin demora: falta de apetito, decaimiento general, fatiga fuera de lo habitual, respiración agitada incluso en reposo o cualquier cambio sostenido en el comportamiento o el hábito de sueño. Ante esa combinación, la consulta no es opcional, y el propio Silvestre reconoce que su regla práctica es muy fácil de aplicar en la casa: si el estornudo aparece en un momento de alegría o de juego y el perro muestra todas las señales de bienestar, no hay motivo de alarma, pero si surge de forma repetida, sin vínculo con la emoción, y se suma a cualquier otro cambio en el cuerpo o en el apetito, la indicación es llamar al veterinario y no esperar a ver si pasa solo.

Lo que más rescato de las conversaciones con el adiestrador es una idea que, me parece, vale la pena llevarse a casa: aprender a leer el lenguaje corporal del perro evita diagnósticos erróneos, ahorra dinero en consultas innecesarias y, sobre todo, mejora la convivencia diaria porque nos obliga a mirar al animal entero y no solo el ruido que nos asustó, una práctica que, en definitiva, nos hace mejores companeros de quienes nos dan, sin pedirnos nada a cambio, la alegría de un estornudo cada vez que nos ven volver.

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Ramiro SegundoComunidades y territorio

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