Fito Páez se sentó al piano, tiró frases punzantes y se le ocurrió querer dirigir orquestas
El rosarino pasó por Otro día perdido, cantó lo que le pidieron y, entre tema y tema, confesó una nueva obsesión: aprender a pararse frente a una orquesta. También habló de Charly, de las espaldas y de una melena que ya es patrimonio cultural.

Digo esto sin vueltas: ver a Fito Páez sentado frente a un piano, en un programa de televisión, interpretando sus propios temas porque sí, porque le da la gana, es de esas cosas que a uno le reconcilian un poco con la industria del entretenimiento. Mario Pergolini lo invitó a Otro día perdido y el músico rosarino respondió como mejor sabe: tocando, contando y dejando caer alguna idea que, en su boca, siempre suena a proyecto en marcha.
La excusa era una entrevista. El resultado fue otra cosa: arrancó con Al lado del camino y terminó donde suelen terminar estas visitas cuando el invitado tiene repertorio y manos para ejecutarlo, en pedidos del conductor y de los panelistas, Evelyn Botto y Agustín Soy Rada Aristarán. Ahí volvió al piano y cantó lo que le pidieron. Sin aspavientos.
La orquesta como nueva obsesión
Lo más jugoso de la charla no fueron los temas, sino una confesión que tiró al pasar y que, a mi entender, define cómo funciona la cabeza de Fito Páez: quiere aprender a dirigir una orquesta. Lo dijo con esa mezcla de entusiasmo y seriedad que lo caracteriza cuando habla de música en serio. Me apasiona la máquina orquestal y cómo funciona, explicó, como si estuviera describiendo un juguete nuevo que todavía no sabe del todo cómo desarmar.
(A esta altura de su carrera, con un disco nuevo bajo el brazo y giras que le quitan el sueño, decidirse a estudiar dirección orquestal no es un capricho: es la decisión de alguien que, en vez de mirar hacia abajo desde la cima, elige subir otra escalera.)
Charly, la melena y dar la espalda
Pergolini le preguntó algo que muchos se quedaron con ganas de saber: por qué, en una gira que compartieron, Charly García tocaba de espaldas al público. Fito arrancó con la evasiva perfecta: Hay que preguntarle a Charly. Después bajó un cambio y entró en terreno propio.
“Me sirvió porque aprendí un montón.”Fito Páez
Para Páez, aquella decisión respondía a una idea visual: que la gente viera una melena en movimiento. Nadie como Charly para convertir un capricho en concepto escénico y un concepto en leyenda urbana. El rosarino lo sabe, lo cuenta y, sobre todo, rescata a su colega en su faceta menos obvia: la de compositor, intérprete y director absoluto de lo que pasa en el escenario.
Canciones que se olvidan, público que no recuerda
Hubo un tramo de la charla que me dejó pensando. Páez recordó que, unos quince años atrás, había hecho un concierto entero con temas de García que él consideraba archiconocidos. Se topó con gente que no los reconocía. A partir de ahí lanzó una preocupación que a mí, personalmente, me sacó una sonrisa incómoda: la de qué lugar ocupa ese repertorio en la memoria cultural de los argentinos. (Si hasta Spinetta tiene quien lo desconozca, imaginemos el resto.)
El cierre volvió al piano, como tiene que ser. Fito tocó lo que le pidieron, se despidió con elegancia y dejó flotando la imagen de un tipo que, pudiendo vivir de hits, se mete en la cabeza aprender a pararse frente a una orquesta. A los que mandamos al frente de una redacción pidiendo notas, nos pasa lo mismo: nunca terminás de aprender.
Si tuviera que elegir una sola canción de Fito para escucharlo al piano, me quedo con El amor después del amor en alguna versión acústica. Pero esa es mi debilidad. La de ustedes, vaya a saberse.
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