Hot Wheels Infinite Rush: la maqueta más grande del mundo se rompió en cuatro pedazos y ahora se puede manejar
Milestone largó un mundo abierto con cuatro islas, más de 150 autos y cero historia. Acá te contamos qué funciona, qué aburre y por qué igual te va a tentar.

Una marca que sobrevive vendiendo autos de plástico hace más de medio siglo no necesita muchas excusas para volver a la carga. Esta vez el convite es un mundo abierto: cuatro islas gigantes, sin pista cerrada, sin relato, sin prólogo. Apenas acelerar. Y a alguien se le ocurrió que eso era suficiente. Spoiler: no del todo, pero tampoco está mal.
El mapa se reparte en Wheelswood (una ciudad con skyline propio y tránsito que se lleva por delante hasta los helados del kiosco), Tentacle Bay (costa, selva y lo que se le ocurra al diseñador), Gearville (fábricas en medio del desierto, ideal para los que crecieron mirando videos de maquinaria) y Drifty Temples (montañas con curvas de inspiración oriental, territorio favorito de los que gustan del derrape como filosofía de vida). Cada una tiene su personalidad. Las une un mismo pecado: todo se siente un poco vacío después de las primeras dos horas.
Cuatro maneras distintas de pisar el acelerador
- Bólidos: velocidad pura, turbo a base de acelerar en línea recta.
- Derrapadores: nitro gratis cada vez que se cruza una curva a los tumbos.
- Equilibrados: el comodín, recargan con casi cualquier maniobra.
- Titanes: los todoterreno, hecho un tractor con esteroides. Ideales para no quedarse atascado en cualquier irregularidad del terreno.
(Lo mejor: se cambia de categoría sobre la marcha, sin menú, sin pausa. Un click y el auto muta. Casi como un Pokémon mecánico.) El entorno, además, reacciona a cada choque: se rompen árboles, faroles, otros autos y hasta partes del decorado. Hay algo de chico enredado en el living cuando se cae un estante de libros, y eso, lejos de ser un defecto, es parte del encanto.
El museo, el multijugador y el garaje
Para los obsesivos del catálogo, hay más de 150 vehículos: prototipos de la propia Hot Wheels junto a licencias de fabricantes reales. Cada uno con su ficha técnica y un editor de pintura, llantas e interiores. También se pueden armar pistas propias y competir online, con ranking o en cooperativo. Es la clásica promesa de vida útil eterna que a veces se cumple y a veces queda en la pantalla de inicio.
En lo técnico, el juego corre firme a 60 cuadros por segundo, algo clave cuando de velocidad arcade se trata. Algunas texturas tardan en cargar y reaparecer después de un evento puede robarte un minuto largo de paciencia. El sonido, en cambio, está arriba: metal, goma, derrapes y explosiones que se sienten de verdad.
Veredicto: para quién vale la pena
No hay campaña. No hay historia. No hay personaje al que querer. Lo que hay es una maqueta interactiva enorme que se deja conducir sin pedirle permiso a nadie. Si eso te suena atractivo, Hot Wheels Infinite Rush te va a regalar varias tardes de velocidad pura. Si necesitás un porqué narrativo, mejor pasar por la caja registradora de otro título.
Mi recomendación concreta: empezar por Drifty Temples, agarrar un derrapador, bajar el volumen del mundo y dejarse llevar por las curvas. Si después de media hora no sonreíste al menos una vez, devolvé el juego sin culpa.
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