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Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo solo en un balandro reconstruido y desapareció en el Atlántico

En 1898 se convirtió en el primer navegante solitario en circunnavegar el planeta a bordo del Spray, un pesquero de once metros que él mismo reflotó tabla por tabla. Sin cronómetro marino y sin saber nadar, cruzó tres océanos en tres años. Once años después zarpó rumbo al sur y nunca regresó: el mar no devolvió sus restos ni una sola pista cierta sobre su destino.

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Ramiro SegundoComunidades y territorio · 4 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Les quiero contar la historia de un hombre que salió del puerto de Boston el 24 de abril de 1895 a bordo de un velero de once metros llamado Spray, sin fanfarria, sin tripulación y sin más capital que el oficio acumulado en décadas de navegación mercante, y que terminó escribiendo una de las páginas más extraordinarias de la historia de la vela: Joshua Slocum, un capitán canadiense nacido en Nova Scotia que el mundo del vapor ya dejaba afuera y que respondió a ese destierro con la primera vuelta al mundo en solitario jamás documentada, una proeza que cubrió más de 46.000 millas náuticas en tres años y que cambió para siempre la manera en que se entiende la soledad en el mar.

Un barco rescatado de un pastizal y un navegante que no sabía nadar

El Spray no era una nave de exposición ni un yate de regata: era un balandro pesquero que Slocum había recibido abandonado y podrido en un pastizal de Massachusetts, y que reconstruyó tabla por tabla durante trece meses, con sus propias manos, como quien repara una casa propia antes de habitarla, y eso me parece un detalle que dice mucho del carácter de este hombre, porque Slocum no era un romántico en busca de gloria sino un artesano del mar que conocía cada costura de madera y cada tramo de jarcia como conocía su propio pulso. Lo que hacía a Slocum singular no era solo la valentía, sino la precisión con que resolvía cada problema: navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre, usando apenas un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal, y compensaba esa carencia con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del océano construida desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Tampoco sabía nadar, y él mismo lo decía con una frase que resume toda una filosofía de altamar: en medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía.

Tres años, tres océanos y episodios que mezclan ingenio con delirio

  • Cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el Índico, y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898: ningún navegante había completado ese recorrido solo antes que él.
  • En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos de abordar el barco de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta: los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron, y Slocum lo cuenta con la misma calma con que contaría el parte del tiempo.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón; cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme, como si la propia embarcación hubiera decidido sostener la singladura mientras su capitán desfallecía.
  • En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, que había comenzado como serie en revistas y se convirtió en libro; el éxito fue inmediato porque su estilo era seco, irónico y preciso, el de un hombre que mezclaba cálculo náutico con humor y asombro sin afectación heroica.

La última salida y el silencio del Atlántico

La fama, sin embargo, no lo ancló a puerto: en noviembre de 1909, a los 65 años, Slocum zarpó una vez más desde Massachusetts con intención de recorrer el Caribe y Sudamérica, y a partir de ahí el relato se vuelve opaco, porque lo que sigue no lo cuenta un libro sino el mar, que es el peor cronista del mundo cuando decide callar. Nunca volvió a ser visto con vida; no hubo naufragio confirmado, no hubo restos, no hubo testigos, y lo que la comunidad náutica pidió durante décadas, y sigue pidiendo, es justamente eso: una respuesta, sea mínima, sobre qué pasó con el Spray en esa última singladura sin fanfarria, porque para quienes estudian la vela el caso Slocum no es solo una anécdota romántica sino un recordatorio incómodo de que el océano siempre se queda con la última palabra.

“En medio del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum
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Ramiro SegundoComunidades y territorio

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