La cooperativa neuquina que dijo no haber lugar y la Justicia le respondió que debía demostrarlo
Un embalador con una década de servicio se lesionó el hombro y la empresa se negó a reubicarlo. La Cámara de Apelaciones confirmó que no alcanza con decir que no hay puesto: hay que probarlo.

A él lo conocí por su apellido escrito en un expediente laboral que terminó de resolverse hace pocas semanas en Neuquén. Llevaba más de diez años embalando fruta en una cooperativa del Alto Valle: armando cajas, cargando peras y manzanas, una de las tareas más duras del galpón de empaque. En agosto de 2021, mientras hacía ese trabajo de siempre, sintió que algo se quebró en su hombro derecho. No fue un accidente espectacular: fue el desgaste de miles de jornadas repitiendo el mismo movimiento, hasta que el cuerpo dijo basta. La ART lo atendió durante ocho meses y, cuando le dieron el alta, el cuadro médico fue claro: podía volver, pero nada de levantar peso. Así empieza esta historia, que es la historia de un derecho pisoteado en silencio y de una Justicia que, cuatro años después, le dio la razón.
El telegrama, la carta documento y el silencio
Con el alta en la mano, el operario mandó un telegrama a la cooperativa pidiendo reincorporarse a sus tareas, esta vez dentro de las limitaciones que le habían fijado los médicos. La empresa le respondió por carta documento, reconoció la restricción y le dijo que no tenía ningún puesto disponible que se ajustara a ella. El trabajador volvió a escribir, y hasta detalló en qué áreas del establecimiento podía desempeñarse sin levantar cajas. La respuesta fue la misma: no había lugar. Ante ese panorama, se consideró despedido en forma indirecta, una figura legal que permite al empleado cortar el vínculo cuando entiende que la patronal no le dejó otra salida. Es como si el dueño de una casa le dijera a un inquilino que tiene que irse porque no hay pieza para él, sin mostrarle siquiera los cuartos disponibles.
Lo que dijeron los compañeros en el juicio
- Sellado de etiquetas en la línea de empaque, una tarea que se hace de pie y sin esfuerzo físico.
- Fichado de cajas con engrudo, una labor de precisión que no requiere cargar peso.
- Colgado de cajas en el sector conocido como el aéreo, donde la fruta viaja por cintas y se acomoda en posición.
- Reubicaciones concretas: al menos cuatro embaladores fueron trasladados a otros sectores cuando sufrieron lesiones similares.
En el juicio declararon seis compañeros de trabajo. Todos describieron esas tareas con un nivel de detalle que el juez Luis Trani, titular del Juzgado Laboral N°3 de Neuquén, calificó como coherente, ordenado y concordante. Varios coincidieron, además, en que era una práctica habitual de la propia cooperativa reubicar a quien se lastimaba o no podía cargar peso. Es decir: la empresa no solo tenía cómo hacerlo, sino que ya lo había hecho antes. Cuando alguien se queda sin departamento por unas obras en su edificio, el propietario no puede decirle que no hay otro igual sin mostrarle el resto del edificio. Si no lo hace, el inquilino gana.
La condena y el principio que dejó firme la Cámara
El magistrado concluyó que la cooperativa tuvo posibilidades reales de reubicarlo y eligió no hacerlo. La Cámara de Apelaciones confirmó ese fallo y la condena quedó en 676.751 pesos más intereses desde 2022, un monto muy por debajo de los más de 4 millones que se habían reclamado en un inicio, pero que le devuelve al trabajador lo que le correspondía por ley. El principio que dejó firme esta sentencia es clave para cualquiera que hoy esté pasando por algo parecido: cuando una empresa alega que no tiene un puesto adecuado para un empleado con limitaciones de salud, es la empresa la que tiene que probarlo. No alcanza con una carta documento ni con un no seco. Si dice que no hay, tiene que mostrar por qué no hay. Y si no lo demuestra, la Justicia termina leyendo ese silencio como un despido.
Cuando cerré la lectura de este expediente volví a pensar en aquel embalador que durante más de una década le puso el hombro, literalmente, a la fruta de la cooperativa. Se lesionó, pidió volver con tareas livianas, le dijeron que no había lugar, y terminó en un juicio para que un juez le reconociera lo que el sentido común ya le había dicho: que en un galpón enorme, con tareas conocidas y reubicaciones ya probadas, siempre hay un lugar para alguien que solo necesita que lo dejen trabajar.
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