La incidencia de Alzheimer bajó casi 15% por década desde 1988
Datos de estudios epidemiológicos internacionales muestran que el riesgo individual de desarrollar Alzheimer viene cayendo desde fines de los años ochenta. El neurólogo Conrado Estol explicó qué hay detrás de esa tendencia: el cuidado cardiovascular, la actividad física y el control de factores de riesgo modificables protegen también al cerebro. Si se logra retrasar cinco años la aparición de la enfermedad, la cantidad de casos podría reducirse a la mitad.

Durante décadas, los pronósticos apuntaban a una avalancha inevitable: para 2050 se esperaban 150 millones de personas con Alzheimer en todo el mundo, el triple de los 50 millones actuales. Sin embargo, los datos de los últimos años empujan en otra dirección.
El epidemiólogo y actuario Eric Stallard tardó dos años en publicar sus resultados porque necesitaba confirmación antes de difundirlos: lo que encontró era demasiado distinto de lo esperado. Su análisis mostró que, en Estados Unidos, la proporción de personas con Alzheimer pasó de tres de cada diez a una de cada diez en pocas décadas. Entre 1988 y 2015, la incidencia cayó casi un 15% cada diez años.
Un segundo estudio, realizado en la ciudad de Framingham (Massachusetts), donde la población lleva un seguimiento médico ininterrumpido desde 1958, registró una caída aún mayor: 20% por década. Los números coincidían.
El neurólogo Conrado Estol aclaró la aparente contradicción entre esa baja del riesgo individual y el aumento del total de casos: hoy hay muchas más personas de 80, 90 y 100 años que en 1980. Eso eleva el número absoluto de afectados, pero la proporción de quienes desarrollan la enfermedad decrece. Los porcentajes actuales por franja etaria ilustran esa progresión: alrededor del 4% entre los 70 y los 74 años, el 8 o 9% entre los 75 y los 79, el 18% entre los 80 y los 84, y cerca del 25% a partir de los 85.
¿Qué explica la caída? Las investigaciones apuntan al cuidado cardiovascular. En Carelia del Norte (Finlandia), un programa centrado en tres acciones (dejar de fumar, controlar la presión arterial y mejorar la nutrición) produjo una reducción del 84% en la enfermedad cardíaca. Los mismos participantes mostraron también una baja en la incidencia de demencia. A partir de ese hallazgo, los propios investigadores finlandeses diseñaron el estudio Finger, enfocado específicamente en la salud cerebral, con ejercicio, alimentación y control de presión como ejes. Los resultados confirmaron el descenso. El estudio Pointer replicó el enfoque en Estados Unidos con conclusiones similares.
La revista Lancet identificó 14 factores de riesgo modificables para la demencia, entre ellos el aislamiento social, la pérdida de audición y la visión sin corregir. Actuar sobre esos factores permitiría reducir el riesgo de demencia hasta en un 50%.
El dato con mayor proyección práctica es el del retraso: si la aparición de Alzheimer se posterga cinco años, la cantidad de casos que efectivamente llegan a desarrollarse se reduciría a la mitad.
El gasto global asociado a la enfermedad representa hoy el 1% del PBI mundial, y su impacto excede al sistema de salud: incluye años de vida en los que la persona deja de poder desenvolverse de manera independiente, aunque Estol subrayó que con diagnóstico temprano es posible vivir dos décadas con la enfermedad.
¿Cuánto peso tienen los hábitos cotidianos en lo que le pasa al cerebro con los años?
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