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La salud mental de las infancias argentinas se desborda: los síntomas que se multiplican y las respuestas que no alcanzan

Niños, niñas y adolescentes llegan a escuelas, consultorios y guardias con problemas para dormir, alimentarse y aprender, con marcas en el cuerpo y con historias de violencia que cargan en silencio durante años. Especialistas advierten que los equipos son escasos, los servicios están saturados y la atención queda fragmentada entre salud, educación y justicia, dejando a muchos chicos sin un acompañamiento sostenido en los momentos más críticos.

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Paola CardozoSalud y sociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Cuando Melani tenía once años, sus maestras empezaron a notar que se dormía en clase, que se olvidaba el almuerzo y que se quedaba quieta, como apagada, en los recreos. En la casa, su mamá intentaba conversar con ella y solo recibía monosílabos. Tuvieron que pasar casi dos años, una marca profunda en el antebrazo y dos visitas a la guardia por intoxicación con pastillas, hasta que alguien, en un centro de salud del conurbano bonaerense, le preguntó a la nena si le estaban pegando. Esa pregunta abrió una historia de violencia intrafamiliar que llevaba silenciada desde que Melani tenía cinco. "Hasta ese momento nadie había preguntado, nadie había mirado lo que pasaba puertas adentro", me dijo la mujer, que hoy acompaña a su hija en un tratamiento que se sostiene, según cuenta, gracias a la insistencia de una psicóloga del hospital y al aguante de una directora de escuela que no la dejó quedar sola.

Casos como el de Melani se repiten, con distintos nombres y edades, en consultorios, guardias hospitalarias y aulas de todo el país. Chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que, por el contrario, comen de manera compulsiva; jóvenes que se aíslan, que se lastiman o que expresan, con una crudeza que hiela, que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla, y ese retraso suele pesar más que el síntoma mismo.

Violencia, pantallas y aprendizaje: el mapa de lo que llega hoy a la consulta

La violencia es una de las llaves que explican buena parte de lo que se ve en los consultorios. Las estimaciones de UNICEF señalan que una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de los dieciocho años, y que entre los varones la proporción es de uno cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada, porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A esa violencia se le suman los maltratos cotidianos, la negligencia y las humillaciones que pocas veces quedan registradas en un expediente.

A ese cuadro se agregaron, en los últimos años, las plataformas digitales como una dimensión nueva. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, un dato que rompe la idea de que el juego online es solo cosa de adultos. El uso intensivo de pantallas, además, no siempre es un capricho de generación: en muchos casos funciona como un refugio ante soledades que no encuentran otro lugar donde cobijarse.

Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman otra señal de alarma. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta, sobre todo, en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono.

Un sistema que llega tarde, saturado y fragmentado

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, se encuentra con un escenario que desalienta. Los servicios de salud mental infantil están saturados, faltan profesionales especializados y los tiempos de espera convierten lo que podría ser una señal temprana en una urgencia consumada. En muchas ciudades del interior, conseguir un turno con un psiquiatra infantil puede llevar meses, y los equipos interdisciplinarios, cuando existen, cubren áreas con poblaciones equivalentes a las de una provincia entera.

A esa escasez se le suma la fragmentación. La escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma agudo, la justicia la infracción o la denuncia, y cada uno de esos actores trabaja con su propia lógica y sus propios tiempos. El chico, en el medio, puede quedar reducido a un expediente, a un informe, a un número de Historia Clínica, y perderse como persona dentro de un circuito de intervenciones que no siempre se hablan entre sí. A esa falta de coordinación se la suele llamar, en la jerga de los equipos, como atender la urgencia del consultorio de al lado mientras el paciente queda dando vueltas por los pasillos.

Lo que se ve en la guardia cuando un chico llega en crisis

“En la guardia uno ve lo que el sistema no pudo contener antes: pibes que llegan con la wrists cortadas, con intoxicaciones, con ataques de pánico que parecen infartos, y lo que más duele es pensar cuántas señales se pasaron por alto en la escuela, en la salita, en la casa.”Psiquiatra infantil de un hospital público de la provincia de Buenos Aires

Volví a hablar con la mamá de Melani esta semana. Me contó que su hija ya terminó la primaria, que sigue en tratamiento y que, por primera vez en mucho tiempo, duerme toda la noche. También me dijo algo que se me quedó dando vueltas: que lo más importante no fue la medicación ni la terapia, sino que alguien, en algún momento, se sentó a su altura y le preguntó qué le pasaba. Esa pregunta, tan simple y tan enorme al mismo tiempo, es la que hoy falta en miles de consultorios, escuelas y guardias del país, y es la que, según los especialistas consultados, marca la diferencia entre un chico que puede empezar a recuperarse y uno que queda a la deriva en un sistema que llega tarde, saturado y fragmentado.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

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