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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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Lo que aprendimos de chicos vuelve cada vez que criamos: cómo reconocerlo y qué hacer para no repetirlo

El especialista en trauma Maxi McCoubrey explica por qué las marcas de la infancia reaparecen en la crianza, cuáles son las más silenciosas y qué señales ayudan a advertir que la propia historia se está metiendo en la relación con los hijos.

RS
Ramiro SegundoComunidades y territorio · · 5 min de lectura
Lo que aprendimos de chicos vuelve cada vez que criamos: cómo reconocerlo y qué hacer para no repetirlo

Soy Ramiro Segundo, de Comunidades y territorio, y esta vez la nota se mueve por un paraje bastante íntimo: la sala de casa, la cocina donde se discuten los límites, el living donde un chico pregunta algo y un padre o una madre reaccionan antes de pensarlo. Porque nadie empieza a criar desde cero, y eso lo sabe bien el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey cuando sostiene que "somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", una frase que sirve para ordenar la conversación y para entender por qué cuesta tanto salir de ciertos patrones aunque uno se lo proponga con fuerza.

Qué marcas vuelven sin que las veamos

McCoubrey aclara que el problema nunca está en repetir, porque repetir es inevitable, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin la posibilidad de reconocerlo en el momento en que aparece. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa el especialista, y esa distinción es la que separa un aprendizaje heredado de una herida que se sigue pasando de generación en generación, algo que en crianzas atravesadas por pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos rígidos se vuelve casi invisible para quien lo vive desde adentro, porque lo incorporamos tan temprano que dejamos de advertirlo durante años y solo reaparece como bronca, como culpa o como un límite que suena a grito cuando en realidad lo que está sonando es la infancia de quien lo pone.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
  • Pérdidas silenciadas: duelos que no se nombraron y que vuelven como reacciones desmedidas ante una despedida, un cambio de escuela o una frustración cotidiana del hijo.
  • Violencias naturalizadas: gritos, cachetadas o humillaciones que en la infancia se vivieron como normales y que reaparecen en el tono, en el gesto o en la palabra cuando uno se siente desafiado.
  • Vergüenzas heredadas: la sensación de que hay cosas que un hijo "no debería" sentir o pedir, aprendida de hogares donde ciertas emociones o necesidades eran ridiculizadas.
  • Mandatos rígidos: la idea de que el estudio, el trabajo, el cuerpo o la afectividad tienen una única forma correcta, transmitida como verdad absoluta por varias generaciones.
  • Dificultad para tolerar la diferencia: el motor común, según McCoubrey, es la rigidez, es decir, la imposibilidad de aceptar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto a lo que la familia esperaba.

Hacerlo distinto no es hacer lo contrario

Hay una trampa que el especialista ve una y otra vez en el consultorio y que vale la pena nombrar porque seduce a muchas familias bienintencionadas: la crianza reactiva, que es la de quien juró que iba a ser distinto a sus padres y termina tan rígido como ellos pero del lado de enfrente. McCoubrey lo advierte con una frase que conviene guardar: "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", y lo que pasa entonces es que cualquier frustración del chico empieza a leerse como un trauma, cualquier límite como un abuso y cualquier conflicto como una confirmación de que uno se va a repetir, cuando en realidad lo que está en juego es una mezcla de historia propia, contexto actual y un hijo concreto que no eligió ser el escritorio donde los adultos escriben sus cuentas pendientes.

La señal más clara de que la historia propia se metió en la crianza

McCoubrey pone el foco en algo muy concreto y muy verificable en la vida cotidiana, que es la desproporción entre lo que pasa y lo que uno siente, porque cuando una situación chica, una nota baja, una pregunta incómoda o un capricho razonable despiertan una bronca que desborda, una preocupación extrema o una necesidad de tener todo bajo control, lo más probable es que la historia propia esté hablando más fuerte que el hijo que tenemos enfrente. Ahí es donde el especialista separa dos ideas que suelen confundirse: un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que no puede resolver. El centro, dice, no es buscar un punto medio matemático entre lo que nos hicieron y lo que queremos hacer, sino mirar al hijo concreto, con su edad, su carácter y su momento, y preguntarse qué necesita hoy, no qué necesitábamos nosotros ayer.

Cambiar no es no volver a equivocarse nunca

La buena noticia que deja McCoubrey y que a mí, como cronista de estas recorridas por territorios humanos, me parece la más importante de toda la nota es que el primer cambio no es la perfección sino la reparación, porque nadie va a dejar de gritar de un día para otro ni va a borrar de un plumazo los gestos que aprendió antes de tener palabra. Lo que sí se puede, y lo que el especialista propone como meta realista, es poderse detener antes, pedir una pausa, volver y decir "lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", y eso, que parece tan chico, es enorme, porque pone en el centro la relación con el hijo y no la razón propia, y eso fue, en definitiva, lo que la comunidad nos pidió en cada una de las conversaciones que dieron pie a esta nota: que se hable de crianzas reales, con marcas reales y con posibilidades reales de hacer las cosas distinto, sin la culpa paralizante ni la vara inalcanzable de la crianza perfecta, y esa, me parece, es la conversación que vale la pena seguir teniendo en cada paraje, en cada casa y en cada mesa donde se discute cómo criar a los que vienen.

RS
Ramiro SegundoComunidades y territorio

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