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San Lorenzo: la batalla que forjó a San Martín, el Paraná a los pies y una mesa que todavía habla en dialecto de río

A 325 kilómetros de Buenos Aires, la ciudad santafesina donde el Libertador escribió su parte de guerra más emblemático abre sus museos, su costanera y sus cocinas a un viaje que combina historia, paisaje y sabores del litoral.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad · · 4 min de lectura
San Lorenzo: la batalla que forjó a San Martín, el Paraná a los pies y una mesa que todavía habla en dialecto de río

Llegué a San Lorenzo una mañana de febrero, cuando el calor todavía no se había decidido a apretar del todo y las tipas del Campo de la Gloria todavía dejaban filtrar algo de sombra sobre el pasto. Me senté en un banco, saqué la libreta y miré hacia el monumento de bronce de 1965, ese San Martín a caballo que parece galopar todavía, 212 años después, sobre el mismo suelo donde el 3 de febrero de 1813 los Granaderos a Caballo despacharon a las tropas realistas que habían bajado desde Montevideo. En esa misma plaza, cuentan los guías, el entonces coronel redactó el parte oficial de la batalla, su única acción de armas en territorio rioplatense. El lugar hoy es una plaza de familias, barriletes y termos; al lado, un pino histórico protegido con una reja de hierro vieja como un altar de pueblo es el único testigo vegetal que queda de aquella jornada. Yo lo miré un rato largo, como mirando a un abuelo.

Cuatro museos bajo un mismo techo

Cruzando la avenida Sargento Cabral se entra al Complejo Museológico, que en un mismo recorrido reúne cuatro espacios que parecen conversar entre sí. El primero es el Convento San Carlos Borromeo, donde todavía se conservan las celdas en las que se alojaron San Martín y su tropa, el comedor que hicieron funcionar como enfermería y el rincón donde murió el sargento Cabral, el gran héroe caído del combate. Si el convento es la casa de la batalla, el Museo Sanmartiniano es la casa de los papeles: cartas personales del Libertador, una copia del parte firmado por él mismo y la túnica del fraile Pedro García, que bautizó a los granaderos la noche previa al combate. Después aparece el Museo de Historia Regional, que empieza en la megafauna prehistórica del Litoral y termina en las olas inmigratorias que fundaron el pueblo moderno. Y para cerrar, el Museo de Árboles Históricos, un paseo por especies centenarias del monte ribereño que explica por qué esta orilla del Paraná tiene la sombra que tiene.

A mí, lo confieso, lo que más me golpeó fue entrar a la celda de San Martín. Es una habitación austera, con paredes gruesas que todavía huelen a humedad de río. Uno se imagina al coronel sentado en una mesa baja, con una vela y una pluma, dictándole al ayudante el parte que iba a cambiarle la vida. La historia es una cosa que se lee en los libros, pero acá se huele.

El Paraná como balcón

Después de la historia viene el paisaje, y San Lorenzo lo tiene a dos cuadras: la costanera de boulevard Urquiza y Ricchieri, una pasarella de dos niveles con el río Paraná abierto de par en par. Arriba, cielo, islas y agua en primer plano, como una película que no necesita subtítulos. Abajo, la plaza Ovidio Lagos, que al atardecer enciende un juego de veinte chorros de agua que parecen un telón de teatro. Me quedé ahí un rato largo, con un café en la mano, mirando cómo la corriente del Paraná se llevaba los restos del día.

La mesa regional: río, fuego y cerveza

Pero nadie visita San Lorenzo sin pasar por la cocina, y acá la cocina habla en dialecto de río. Si el cuerpo pide algo fresco, la cervecería Bowie sirve una dorada artesanal sin filtrar, de bajo alcohol, perfecta como aperitivo bajo la galería. Si la merienda llama, el café y vivero Arboredo Jardinería ofrece opciones dulces y saladas en un salón lleno de plantas, ideal para sentarse entre helechos. Y si lo que se quiere es llevar algo al viaje, la panadería La Italiana despacha unas empanadas de pescado de río que son casi un manifiesto del Paraná metido en una masa.

Para almorzar en serio, Carbón trabaja el pescado de río grillado con papas rústicas y limones quemados, y también una colita de cuadril con papas gratinadas que se pelean el protagonismo. Si la mesa quiere algo más criollo, el Bodegón del Club Libertad se luce con la parrillada y, sobre todo, con las pizzanesas, milanesas servidas sobre una base de pan con distintas guarniciones, una invención que sólo se le podía haber ocurrido a alguien que creció mirando cómo se estiraba la pizza y se rebozaba la milanesa en la misma cocina. El Viejo Bodegón, en tanto, se refugia en el locro, las pastas caseras y las empanadas fritas, el trío de fondo del santafesino de ley.

Como souvenir, dos variedades de alfajores artesanales llevan los nombres San Martín y Malvinas, y parte de lo que se paga vuelve a las escuelas rurales y a organizaciones sin fines de lucro de la zona. Es decir: hasta el postre en San Lorenzo tiene algo de batalla ganada. Y uno se vuelve a Buenos Aires con la sensación de que la historia grande del país y la historia chica de una mesa familiar pueden convivir en la misma cuadra, en la misma tarde, en el mismo alfajor.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

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