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Teresita, la profesora que le ganó al yuyo y hoy cosecha almendras a orillas del Limay

A los 62 años, esta docente jubilada de Biología transformó un terreno cubierto de malezas en Plottier en un emprendimiento artesanal que la sostuvo incluso durante un tratamiento de cáncer en pandemia.

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Paola CardozoSalud y sociedad · 31 DE AGO DE 2026 · 5 min de lectura

La primera vez que vi a Teresita Peláez de cerca fue una mañana cualquiera en la guardia del hospital de Plottier, adonde había ido a hacerme unos estudios de rutina y me topé con una mujer de ojos claros y delantal verde que llevaba un frasco con harina de almendras en la mano como si fuera un tesoro. "Esto es de mi campo", me dijo con una sonrisa enorme, y me contó que una hectárea que veinte años atrás era puro yuyo hoy se llama Almendras del Limay. Tengo que confesar que me fui de esa guardia con la idea dando vueltas en la cabeza, porque la historia de Teresita no es la típica nota de emprendedurismo rural: es la historia de una profesora de Biología jubilada que, mientras le peleaba a un cáncer, encontró en la tierra una manera de seguir de pie. Por eso me senté a conversar largo con ella, recorrí su terreno a la vera del río Limay y salí convencido de que lo que pasa en esa chacra vale la pena contarlo en primera persona, como si uno mismo hubiera estado ahí, podando almendros al sol neuquino.

Para entender a Teresita hay que retroceder hasta principios de los dos mil, cuando decidió comprar una hectárea en el barrio Piscicultura de Plottier, a metros del río Limay. El terreno estaba cubierto de malezas y la primera urgencia fue levantar la casa. Lo que hacer con el resto del espacio quedó en suspenso durante años, hasta que un agujero en el alambrado la obligó a tomar una decisión: si dejaba la tierra sin trabajarla, los yuyos iban a volver; si se limitaba a regar césped, le parecía un desperdicio de agua y de esfuerzo. Entonces recordó un almendro que había plantado tiempo atrás en otro rincón del lote y se preguntó por qué no animarse a sumar más. Esa duda, menor, fue la semilla de todo.

Del aula al campo, con asesoramiento del Centro PyME

Antes de meter las manos en la tierra, Teresita buscó orientación en el Centro PyME de la zona. Ahí la recibió la ingeniera Silvana Moschini, que conoce cada lote de Plottier como la palma de su mano y que, según la propia Teresita, terminó de encenderle el entusiasmo. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", dice todavía con tono de asombro. En 2013 plantó los primeros árboles justamente donde había estado roto el alambrado, ese hueco traicionero que terminó siendo una bendicion disfrazada. Dos años después incorporó un segundo cuadro de plantación, mientras seguía dando clases en las aulas y llevaba adelante el proyecto como un pasatiempo que, en sus propias palabras, "a veces me ha resultado un poco caro" pero nunca la dejó bajar los brazos.

  • Almendras naturales, sin agregado de sal ni azúcar.
  • Almendras tostadas, con el punto justo de cocción artesanal.
  • Almendras garrapiñadas, cubiertas con una capa fina de caramelo.
  • Harina de almendras, para repostería y preparaciones sin gluten.
  • Versiones saladas, pensadas como snack de mesa.

El crecimiento llegó de a poco, sin apuro. Teresita se ocupa personalmente de la poda, la fertilización, la cosecha y el empaquetado, y trabaja de manera permanente junto a José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto. "Es muy artesanal", repite cada vez que alguien le pregunta por el sistema de trabajo, y esa palabra define todo lo que pasa en el lote. Para ella, artesanal es una manera de entender el vínculo con la tierra, porque la ventaja práctica de las almendras es clara: a diferencia de otras frutas, no hay que venderlas al día siguiente de la cosecha, así que se pueden guardar, fraccionar y llevar a ferias y ventas barriales sin la presión de perder la mercadería.

La pandemia, el cáncer y el invernadero que la sostuvo

El verdadero punto de inflexión, el momento en el que la chacra dejó de ser hobby para convertirse en una herramienta de supervivencia emocional, fue durante la pandemia. En esos meses Teresita atravesó un cáncer y, al mismo tiempo, decidió construir un invernadero propio en el terreno. Las plantas aromáticas, la huerta y las colmenas que fueron apareciendo alrededor de los almendros se transformaron en una rutina diaria que la ayudaba a sostener el tratamiento médico. Cada riego, cada poda, cada frasco que se llenaba con harina era un modo de decirle al cuerpo y a la cabeza que todavía había un proyecto en marcha. "No sabía si iba a terminar la cosecha de ese año", reconoce hoy, con una mezcla de alivio y gratitud que se nota en la voz, como si el solo hecho de haberlo atravesado ya fuera una victoria. Y lo fue.

Hoy, a sus 62 años, Teresita sigue al frente de Almendras del Limay con la misma energía con la que daba clases en el aula de Biología. Cuando me despedí después de recorrer el lote y escuchar el ruido del río Limay de fondo, la vi cargando una bolsa con almendras tostadas para repartir entre los vecinos del barrio Piscicultura. Pensé en todas esas jubiladas y jubilados que, como ella, transforman un terreno baldío en un motivo para levantarse cada mañana, y me fui convencido de que la nota de portada de esta semana no podía ser otra. La del aula que se mudó al campo, la de la profesora que le ganó al yuyo y al cáncer con la misma herramienta: meter las manos en la tierra hasta que la tierra te devuelve algo. Algo que, en el caso de Teresita, tiene nombre de almendra.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

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