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The Good Place: cuatro temporadas para preguntarse si ser buena persona se aprende

La serie de Michael Schur combina filosofía, absurdo y un elenco que sostiene lo imposible: hacer reír mientras se discute qué significa vivir bien.

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Marta TolabaCultura y espectáculos · 21 DE SEPT DE 2026 · 2 min de lectura

Cuarenta minutos de una comedia donde dos personas discuten sobre Kant durante un sorteo benéfico y nadie se va. Eso, que suena a castigo escolar, es The Good Place. Y funciona. Cuatro temporadas y 53 episodios le bastaron a Michael Schur para convertir el más allá en una clase de ética que no da ganas de abandonar.

El punto de partida es una picardía: Eleanor Shellstrop llega al barrio reservado a las buenas personas y sabe, mejor que nadie, que no le corresponde estar ahí. Su vida fue un catálogo de egoísmo y ninguneo al próbino. Esa contradicción no se resuelve con un sermón: se resuelve con un profesor de filosofía senegalés, ataques de paranoia y Janet, una asistente omnisciente que entrega lo que le piden con una sonrisa de catálogo.

Un elenco que hace trampa a favor del guion

  • William Jackson Harper como Chidi: el eterno profesor que no puede elegir sin consultar tres manuales.
  • Jameela Jamil como Tahani: la perfecta que necesita aplausos para respirar.
  • Manny Jacinto como Jason: un DJ amateur que confunde utilitarismo con utilitario y aun así dice cosas razonables.
  • Ted Danson como Michael: el arquitecto del barrio, con cara de vecino amable y cejas de quien oculta el manual de instrucciones.

(Vayan a ver qué hace D'Arcy Carden como Janet. Pongan su nombre en el buscador. Se van a perder mucho si se quedan solo con los cuatro nombres que conoce todo el mundo.)

El hallazgo de la serie es mezclar el utilitarismo, el consecuencialismo y la ética deontológica con criaturas fantásticas, borrachos inmortales y un tren subterráneo que no lleva a ningún lado creíble. Las referencias a Kant conviven con gagos de sitcom ochentosa. Esa mezcla suena a choque de trenes; sin embargo, termina funcionando porque los guiones nunca subestiman al espectador: el chiste llega y la pregunta filosófica también, sin pisarse.

La trama cambia. No se queda en el lugar donde arrancó ni en el que uno espera. A medida que avanzan los episodios, las preguntas sobre la moral se cruzan con otras más domésticas: cuánto pesa el tiempo compartido, qué hacemos con la pérdida, qué lugar ocupa quien nos acompañó. Para una serie que transcurre después de la muerte, The Good Place se las arregla para hablar muy bien de la vida.

Mi recomendación es concreta: maratón de fin de semana, en orden, sin saltear el arco del experimento de los capítulos seis al diez de la primera temporada. Ahí está el corazón de la serie. Si engancha, sigan. Si engancha y además discuten con la pareja sobre si Chidi es deontólogo o utilitarista, mejor: la serie cumplió su misión y ustedes acaban de ganar tres horas de charla que ninguna película de superhéroes les va a dar.

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Marta TolabaCultura y espectáculos

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