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Treinta minutos en la bici antes de acostarse: el truco que amortiguó el golpe de dormir poco

Un estudio de la Universidad Concordia, en Canadá, mostró que una sesión corta de ejercicio moderado antes de dormir ayudó a que la memoria declarativa resistiera una noche de solo cuatro horas y media.

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Paola CardozoSalud y sociedad · 5 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

A Daniela le cuesta decirlo, pero le pasa seguido. Duerme cinco horas, a veces menos, y al otro día se olvida el nombre del vecino del tercero, pierde las llaves o entra a una habitación sin saber qué fue a buscar. Trabaja en un call center de Barracas, llega a casa cerca de las once de la noche y todavía cená, mira el celular y se acuesta. Una noche, mientras acomodaba la cocina después de cenar, me dijo algo que se me quedó grabado: Yo a la memoria ya la doy por perdida, con el sueño que tengo. Pero el martes pasado hizo algo distinto. En vez de tirarse al sillón, se subió a la bicicleta fija que tiene arrumbada en el living, pedaleó media hora a un ritmo tranquilo y, cuando terminó, se duchó y se metió en la cama. A la mañana siguiente, según me contó, recordó tres cosas que tenía pendientes sin tener que mirar la agenda. No es un dato científico, es la experiencia de una conocida. Pero me llamó la atención porque, sin saberlo, Daniela había repetido casi al pie de la letra lo que acaba de probar un equipo de la Universidad Concordia, en Montreal, Canadá.

El trabajo se publicó en la revista SLEEP y se topó con mi ojo porque vuelve sobre una pregunta que muchos de nosotros nos hacemos en la vida real: si una noche duermo mal, qué puedo hacer para que al otro día la cabeza me funcione un poco mejor. La respuesta clásica suele ser ni te quejes y tomá otro café. La nueva dice algo distinto: moverse un rato antes de acostarse puede ser un escudo modesto, parcial, pero real, contra el daño que la falta de sueño le hace a la memoria.

Cómo fue el experimento

Los investigadores reclutaron adultos jóvenes, de entre 18 y 35 años, sin trastornos de sueño. Los separaron en cuatro grupos, como cuatro mesas en un laboratorio: uno durmió 8,5 horas y no hizo ejercicio; otro durmió 4,5 horas y tampoco se movió; un tercero descansó bien y pedaleó; y un cuarto hizo ejercicio antes de una noche corta de 4,5 horas. Antes de acostarse, todos memorizaron 80 pares de fotos de desconocidos con nombres inventados. Los que les tocó ejercitarse completaron 30 minutos de ciclismo de intensidad moderada, calibrada a medida según la capacidad cardiorrespiratoria de cada voluntario.

A la mañana siguiente los pasaron por una nueva prueba con 120 pares, mezclando los ya vistos con nuevos. El grupo que durmió poco y no hizo nada fue el que peor rindió, lo esperable. El grupo que durmió poco pero pedaleó antes de acostarse alcanzó, en la práctica, un rendimiento similar al de quienes habían dormido las ocho horas completas. La diferencia entre ambos fue estadísticamente significativa, un dato que en estadística quiere decir que es muy poco probable que se deba al azar.

Lo que cambió no fue aprender, fue consolidar

Hay un detalle que a mí me parece el más interesante y que vale la pena explicar. La mejora no se vio en una prueba inmediata, hecha pocos minutos después del aprendizaje. Se vio recién a la mañana siguiente, después de dormir. Para graficarlo de un modo más de barrio que de laboratorio: una cosa es guardar la ropa en el placard, que sería aprender, y otra muy distinta es que esa ropa aparezca ordenada al otro día cuando abrís la puerta, que sería consolidar. El cerebro hace esa segunda tarea mientras duerme, sobre todo en la fase profunda, la que los médicos llaman sueño de ondas lentas, la que predomina en la primera mitad de la noche. Los investigadores midieron la actividad cerebral con polisomnografía durante toda la noche y vieron que a mayor proporción de esa fase profunda, mejor fue la memoria al despertar. El ejercicio, en definitiva, parece ayudar a que esa fase trabaje mejor.

Lo que el estudio no dice

  • No reemplaza al sueño. Quienes durmieron poco siguieron durmiendo poco; lo que cambió fue la calidad del descanso.
  • El beneficio se midió en memoria declarativa, la de hechos y nombres, no en reflejos ni en atención.
  • El trabajo se hizo con adultos jóvenes y sanos, por lo que no se puede extrapolar directo a mayores de 60, a personas con insomnio crónico o a quienes toman medicación.
  • Hicieron falta 30 minutos de actividad moderada. No se probó qué pasa con sesiones más cortas o más intensas.

Vuelvo a Daniela por un segundo. Esa noche no se transformó en una durmiente de ocho horas ni en una atleta. Siguió durmiendo poco, sigue trabajando en el call center, sigue llegando tarde a casa. Pero al otro día recordó lo que tenía que recordar. Me dijo, con una media sonrisa: fue como si la cabeza hubiera enchufado mejor mientras dormía. Tal vez sin saberlo, me describió lo que los investigadores vieron en el laboratorio: que una sesión corta de movimiento antes de acostarse puede darle al cerebro una pequeña ayuda extra para consolidar lo aprendido, incluso cuando la noche viene corta. No es un permiso para dejar de dormir. Es, en todo caso, un recordatorio de que el cuerpo y la cabeza no se apagan cuando nos movemos, y que a veces media hora en la bici vale más de lo que parece.

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Paola CardozoSalud y sociedad

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