Una lengua de nieve que bajó a toda velocidad y dejó a dos esquiadores al borde del milagro en Chapelco
El jueves por la tarde, en el filo posterior del cerro, una avalancha se desató en una zona no habilitada y dos personas que descendían en zigzag estuvieron a metros del frente blanco. El complejo activó el protocolo, no hubo heridos y la montaña volvió a recordar por qué existe el dominio esquiable.

Lo primero que vi cuando llegaron los videos al celular fue una cortina blanca bajando por la ladera como si alguien hubiera volcado una bolsa gigante de harina desde el filo del cerro. Eran pasadas de las seis de la tarde del jueves y la luz ya estaba baja, así que la masa de nieve se veía casi luminosa contra el gris del cielo patagónico. En esas imágenes, dos puntos oscuros -los protagonistas de esta historia- se alejaban hacia un costado mientras la nieve los perseguía, sin alcanzarlos. Me quedé mirando el video un par de veces más, pensando en lo estrecho que había sido ese margen.
Lo que pasó, según me pude enterar con el correr de las horas, fue que una gran masa de nieve se desprendió en el sector posterior del filo del Cerro Chapelco, a casi mil novecientos ochenta metros sobre el nivel del mar, en un área que no está habilitada para esquiar. Dos esquiadores que hacían su descenso en zigzag quedaron muy cerca del avance de la nieve. Los dos salieron ilesos. El complejo detectó lo que estaba ocurriendo y activó de inmediato el protocolo de seguridad: despejó la zona, impidió que nadie más se acercara y empezó a evaluar la estabilidad de la montaña antes de reabrir cualquier camino.
Por qué una ladera se decide a soltar la nieve de golpe
Para entender lo que ocurrió hay que pensar la montaña como una casa con varios pisos de techo. En invierno, la nieve va cayendo en capas, como si alguien fuera pintando el techo una y otra vez: primero una capa fina y seca, después otra más pesada y húmeda, después otra venteada, y así. Cada capa tiene su propia textura y su propio peso. Cuando entre una capa y la que está debajo la adherencia es mala -imaginense una alfombra liviana apoyada sobre un piso recién encerado-, cualquier pisada, cualquier sobrecarga, puede hacer que toda la pieza se deslice junta ladera abajo.
A eso se suman otros tres factores que conozco bien porque los escucho repetir cada temporada: los cambios bruscos de temperatura, que debilitan las capas; el viento, que redistribuye la nieve y forma cornisas y acumulaciones en lugares puntuales, como si barredor invisible empujara la nieve hacia un mismo rincón del living; y la inclinación del terreno, que es la pendiente que finalmente le da velocidad al deslizamiento. El paso de personas por sectores no habilitados puede sumar la última gota que faltaba para que todo se soltara.
El filo del Cerro Chapelco: zona roja, no señalizada
Las autoridades del complejo me insistieron en algo que vale la pena repetir hasta el cansancio: el filo es uno de los puntos más altos del cerro y ese sector no está señalizado ni autorizado para la práctica del esquí. Es como si en un edificio tuviéramos un balcón sin baranda, al que no se puede salir: por más linda que sea la vista, no está dentro del recorrido habilitado. La recomendación oficial es clara: permanecer dentro de las zonas delimitadas y respetar las indicaciones del personal de patrulla.
La temporada en Chapelco se extiende hasta el 30 de septiembre, y estas semanas suelen ser las de mayor concurrencia en la montaña. En la guardia ya he visto lo que pasa cuando alguien se sale del trazado y termina en un sector expuesto: traumatismos, hipotermia, rescates que demoran horas porque el acceso no es directo. Por eso cada protocolo que se activa después de un episodio como el del jueves tiene un sentido: es la forma que tiene el cerro de marcar los límites que no conviene atravesar.
Vuelvo a pensar en los dos puntos oscuros del video, alejándose a tiempo. No sé cómo se llaman, no sé de dónde son, no sé si son turistas o gente de la zona. Pero me quedo con la imagen de esa franja blanca bajando a toda velocidad por la ladera y con el alivio de que, esta vez, no hubo que lamentar nada más que un susto enorme. La montaña es hermosa y generosa, pero también es seria, y conviene tratarla como tal.
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