Una mano, un abrazo, una caricia: cómo el contacto físico baja el pulso del miedo
La neurocientífica Paula Salamone recorre la investigación que muestra cómo el tacto de otra persona modula la ansiedad, qué distingue a ese estímulo del que uno se prodiga a sí mismo y por qué las culturas se dan distinto permiso para acercarse.

Me lo imagino tantas veces que creo haberlo vivido: alguien al borde del llanto, otro que estira la mano y se la sostiene sin decir nada, y el cuerpo del primero que se afloja, como si el aire entrara de nuevo. No es una escena de película ni un recurso de publicista: es una de las líneas de trabajo más concretas que estudia la doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, a quien entrevisté para esta nota, y que atraviesa buena parte de lo que la ciencia viene confirmando sobre el contacto físico como regulador emocional. En su lectura, tomar una mano, recibir un abrazo o dejarse acariciar no es un gesto meramente simbólico: interviene de manera directa en la regulación de las emociones y en las respuestas del organismo frente al estrés, y por eso la especialista lo considera una vía privilegiada para acompañar a quien siente miedo o angustia, con efectos que se observan tanto en adultos como, sobre todo, en chicos que toman la mano de un adulto en situaciones de temor.
Salamone me explicó que el efecto del tacto no se reduce a una sensación subjetiva ni a una metáfora afectiva, sino que involucra distintas partes del sistema nervioso que ella misma investiga: los estímulos sobre la piel se relacionan con la actividad cerebral, con la médula espinal y con respuestas que se disparan en el resto del organismo. En ese intercambio, recibir una caricia o un masaje puede modificar reacciones fisiológicas concretas vinculadas con el estrés y con la relajación, lo que ayuda a entender por qué una mano amiga puede cambiar el signo emocional de una escena en cuestión de segundos.
Tocarse uno mismo no es lo mismo que ser tocado por otro
Hay gestos que una persona dirige hacia sí misma para regular lo que siente y que muchas veces pasan desapercibidos: tocarse el cabello, acariciarse la barba, frotarse las manos cuando hace frío o se está nervioso. Salamone los menciona como ejemplos clásicos de autocontacto, una vía legítima de regulación emocional. Sin embargo, la respuesta no es equivalente cuando interviene alguien más, porque el cerebro distingue con bastante precisión entre las acciones que uno mismo genera y los estímulos que llegan desde afuera, y esa distinción cambia por completo el significado del contacto y, con él, su efecto.
Para ilustrar esa diferencia, la especialista recurrió a las cosquillas, un ejemplo tan cotidiano como revelador. Cuando alguien intenta provocárselas a sí mismo, su cerebro anticipa el lugar exacto, el momento y la forma del contacto, y esa previsión atenúa la sorpresa y reduce la intensidad de la sensación. Cuando el movimiento lo hace otro, en cambio, queda un componente de incertidumbre que el sistema nervioso registra como una señal distinta. Salamone además recordó que las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social desde edades muy tempranas, y que por eso son un banco de pruebas tan útil para entender cómo el cuerpo procesa lo que viene de afuera.
La cultura marca a cuánta distancia nos damos permiso
La cercanía corporal también depende de las costumbres de cada sociedad, y Salamone lo comprobó en su propia experiencia de investigación en Suecia, donde conversar con un colega a tres metros de distancia resultaba una escena absolutamente habitual y nada forzada. En su mirada, las diferencias culturales en el espacio personal no implican que se sientan emociones distintas, sino que cada comunidad desarrolla otras maneras de expresarlas y de vincularse, y el contacto físico es una de las variables que más cambia cuando uno cruza una frontera. Esa observación, aclaró, no invalida la potencia regulatoria del tacto: la modifica, la contextualiza, le da un marco.
Pandemia, despersonalización y tango como laboratorio
En Argentina, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, que estudia la relación entre el contacto y los síntomas de despersonalización, esa experiencia en la que una persona siente que su propio cuerpo le resulta ajeno o lejano. El grupo también investiga si la falta de interacción física durante los periodos de aislamiento por la pandemia dejó efectos posteriores, una pregunta de investigación todavía abierta y que la especialistaplantea con prudencia, porque todavía no hay respuestas cerradas. Lo que sí subraya es que una mano o una caricia pueden formar parte, con pleno derecho, del acompañamiento cotidiano, y que la ciencia hoy cuenta con herramientas para explicar por qué ese gesto, tan pequeño en apariencia, tiene un peso enorme en cómo nos sentimos.
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