Una mirada ampliada del malestar emocional: cuando la mesa y el descanso entran en la consulta psicológica
La psicóloga Kimberley Wilson plantea que la fatiga constante, la apatía y el bajo ánimo se evalúan mejor si también se revisa la alimentación, el sueño y los hábitos de movimiento, sin reemplazar la psicoterapia ni los medicamentos cuando hacen falta.

En la sala de espera de cualquier consultorio del barrio porteño de San Cristóbal, donde atienden psicólogos y psicólogas que reciben pacientes derivados por obras sociales y prepagas, es cada vez más frecuente escuchar que la gente llega agotada, sin saber por qué, y que arrastra esa sensación durante un tiempo largo. Es raro que alguien entre contando que además cambió lo que lleva al plato, y ahí aparece la pregunta que la psicóloga Kimberley Wilson plantea poner sobre la mesa: y si parte de lo que nos pasa por la cabeza también se cocina en la cocina. Lo que yo percibo en estos años de consultar a colegas y de leer lo que se publica del otro lado del Atlántico es que cuesta mirar el cuerpo entero cuando aparece un síntoma emocional, y la propuesta de Wilson apunta exactamente a eso, porque sostiene que la fatiga que persiste, las dificultades para concentrarse o el desánimo pueden motivar una consulta en la que también se revise cómo se alimenta y descansa una persona, y yo lo comparto desde el llano porque he cubierto suficientes historias de lectores y lectoras que llevan años medicándose sin que nadie les preguntara qué cenan.
Una evaluación que suma a la mesa y a la almohada
La especialista, que se formó en el Reino Unido y trabaja como psicóloga clínica, propone que en la consulta se sumen preguntas sobre alimentación, sueño y movimiento, junto con los antecedentes personales y las situaciones que generan estrés, y el objetivo es identificar qué factores intervienen en cada caso y orientar las intervenciones con un mapa real. En su planteo, una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o una alimentación muy restrictiva podría mejorar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta, y la psicoterapia y los medicamentos siguen formando parte de ese abordaje cuando resultan necesarios, porque no se trata de sacar nada sino de agregar una lupa.
- Vitaminas B3 y B12, zinc, selenio y omega-3 como puntos que chequeo recurrente en la mesa de cada paciente que llega con cansancio que no se va.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, con al menos una porción por semana, como mínimos razonables para sostener el cerebro de la guardia media.
- Sueño, sedentarismo, consumo de sustancias, conflictos personales y estrés laboral como variables que entran en la misma planilla de relevamiento clínico.
- Para personas con dieta vegetariana o vegana, la recomendación de consultar con un profesional de salud sobre suplementación, porque la omnívora no es la única forma de nutrirse bien.
Wilson aclara, y esto me parece clave para no vender humo, que la insuficiencia de esos nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo, y por eso propone investigar posibles déficits ante síntomas persistentes antes de descartar cualquier otra causa, porque una cosa no borra a la otra sino que se van sumando en el mismo cuerpo. Y la especialista, que también se dedica a divulgar, advierte que los cambios de hábitos pueden tardar meses en percibirse, lo cual vuelve fundamental un mensaje que se repite en los consultorios del barrio de Villa Crespo y de Núñez: hay que tener paciencia con el plato y con la cabeza, porque los resultados no llegan como un rayo sino como una marea lenta.
De la prisión de Holloway a la consulta barrial
Su interés por esta relación se afianzó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias, y también citó ensayos clínicos aleatorizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con menos episodios violentos, aunque aclara que esa asociación no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta. Yo rescato eso porque muchas veces, desde mi lugar de cronista, veo cómo se usan titulares grandilocuentes para reducir un problema complejo a una sola causa, y lo que Wilson viene a decir es algo más cuidadoso: el plato importa, el sueño importa, el movimiento importa, pero ninguno reemplaza al resto del rompecabezas que se arma en la consulta cuando alguien se sienta frente a un profesional y dice que no da más.
“La insuficiencia de nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo, por eso hay que investigar antes de descartar cualquier otra causa.”Kimberley Wilson, psicóloga clínica
Lo que esta columna deja, el de Foro abiertos, es una invitación a que en la próxima consulta, sea en un centro de salud de Once la boca o en un consultorio privado de Recoleta, alguien pregunte también cuánto se duerme, qué se lleva al plato y cómo se mueve el cuerpo, porque a veces el cansancio que se siente en la cabeza empieza en el estómago o en la almohada, y atenderlo ahí puede ser el primer paso para empezar a sentirse un poco mejor, con el tiempo y el acompañamiento que cada historia pide.
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