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Veinticinco años después del 11-S, los hijos de los rescatistas cargan con un dolor que no vivieron

Un estudio del Columbia University Irving Medical Center siguió a 270 hijos adultos de trabajadores que atendieron la emergencia en las Torres Gemelas y detectó niveles altos de depresión, ansiedad y pánico. La investigación describe cómo el trauma de los padres se filtra en la vida cotidiana del hogar y reclama que los tratamientos de salud mental incluyan a toda la familia.

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Ramiro SegundoComunidades y territorio · 8 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Soy Ramiro Segundo, y vuelvo a poner la mirada en una herida que en Nueva York sigue abierta aun cuando el calendario ya marcó un cuarto de siglo desde aquella mañana del 11 de septiembre de 2001, porque la novedad ahora es que el daño no se quedó en quienes bajaron escombros, subieron escaleras y buscaron cuerpos entre el polvo de Manhattan: siguió viaje hacia adentro de los hogares y terminó golpeando a chicos que en aquel momento no habían cumplido los dieciocho años, y que hoy, ya adultos, arrastran consecuencias que no eligieron.

La investigación, publicada en la revista PLOS Mental Health, fue liderada por el equipo del Columbia University Irving Medical Center y reconstruyó la historia clínica y emocional de 270 hijos adultos pertenecientes a 176 familias de rescatistas y trabajadores de recuperación que habían sido diagnosticados con trastorno de estrés postraumático poco después de los atentados, cruzando las encuestas respondidas por padres e hijos con los registros del World Trade Center Health Program, y lo que encontró dejó pocas dudas: más del veinte por ciento de esos hijos presenta depresión en la actualidad, y más de una cuarta parte convive con algún trastorno de ansiedad, cifras que duplican lo esperable para su franja etaria.

Un trauma que se hereda sin haber estado en la zona cero

La profesora Yael Cycowicz, autora principal del estudio, fue la encargada de poner en palabras lo que durante años pareció invisible para los servicios de salud, y lo hizo con una frase que describe con precisión el mecanismo de transmisión: "No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación", explicó la investigadora al referirse a los padres que volvían a casa después de jornadas interminables en la zona del desastre, y ese lenguaje silencioso fue el que terminó moldeando la vida interior de hijos que no necesitaron ver las Torres caer para quedar alcanzados por sus consecuencias.

El estudio detalla que los hijos nunca presenciaron la destrucción de manera directa, pero crecieron en hogares atravesados por sus consecuencias, y por eso el patrón dominante entre ellos no es el trastorno de estrés postraumático sino la depresión y la ansiedad, que son los cuadros más coherentes con la exposición sostenida al estado mental de un padre o una madre, lo que obliga a repensar cómo se mide y cómo se trata el daño cuando no hay un hecho testigo en la biografía del paciente sino una atmósfera familiar alterada durante años.

  • El riesgo fue mayor cuando el progenitor había llegado temprano al sitio del atentado, permaneció allí más tiempo durante los primeros veinte días o estuvo expuesto a restos humanos, lo que confirma que la cercanía y la duración de la exposición pesan en la salud mental posterior de toda la familia.
  • La depresión actual de los padres se asoció con mayor probabilidad de depresión en sus hijos, mientras que el trastorno de estrés postraumático vigente en los padres se vinculó con más TEPT, ataques de pánico y depresión en la descendencia, una cadena que se retroalimenta.
  • Los vínculos más negativos entre padres e hijos se asociaron con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los hijos, y una menor calidez en el trato se relacionó con más ansiedad, mientras que el apoyo social operó en sentido contrario: mejores redes, mejor pronóstico.

La familia como unidad de tratamiento

La conclusión del trabajo es tan clara como incómoda para los sistemas de salud: el trauma no se atiende en una persona aislada sino en un entramado, de manera que cuando un padre o una madre fue parte de los equipos de rescate en las Torres Gemelas y quedó marcado por el trastorno de estrés postraumático, sus hijos son parte del cuadro clínico aunque no hayan pisado nunca la zona cero, y por eso Cycowicz y su equipo subrayan la necesidad de incluir a toda la familia en los tratamientos de salud mental, porque la eficacia de cualquier intervención queda limitada si se trabaja solamente con quien llegó a la emergencia y se deja afuera a quien creció escuchando, sin palabras, el ruido de esas jornadas.

“Lo que pedimos es que se entienda que el daño no termina en el rescatista: termina en la mesa familiar, en la cena, en la infancia de los hijos, y por eso los tratamientos tienen que llegar a toda la casa.”Plataforma de familias de rescatistas del 11-S, en su pedido formal al World Trade Center Health Program

Veinticinco años después, Nueva York todavía está aprendiendo a medir la profundidad de aquella herida, y la evidencia que llega desde Columbia deja una certeza que ya nadie puede mirar de costado: detrás de cada bombero, cada policía, cada paramédico y cada voluntario que bajó a la zona cero hubo también un hijo que pagó una cuenta que no firmó, y que recién ahora, en plena adultez, empieza a ser reconocido como paciente y no como testigo ajeno de una tragedia que, en rigor, también lo atraviesa.

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Ramiro SegundoComunidades y territorio

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