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Viernes, 9 de octubre de 2026
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Vivir la vida propia: cuando la elección empieza por preguntarse de quién es

El filósofo Ira Bedzow propone dos preguntas que cualquiera puede hacerse para distinguir qué decisiones nacen de un deseo genuino y cuáles llegan repetidas desde la familia, la cultura o el entorno. Un repaso por sus ideas, el respaldo de un metanálisis y la mirada de Susan Wolf.

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Paola CardozoSalud y sociedad · · 4 min de lectura
Vivir la vida propia: cuando la elección empieza por preguntarse de quién es

Conocí a Mariana en una guardia del Hospital Pirovano, hace ya varios años. Había ido a consultar por un dolor en el pecho que, después de los estudios de rigor, resultó ser ansiedad. Lo llamativo fue lo que vino después: mientras le explicaba que estaba físicamente bien, se quebró y me dijo que llevaba casi una década trabajando en el estudio contable de su padre, que ella nunca había querido recibirse de contadora, que se había casado con el hombre que su madre le había presentado como el correcto y que tenía dos hijos a los que adoraba pero que, si era honesta, no había decidido tener con la libertad que imaginaba. Ahí, en ese consultorio con olor a alcohol y a mate, entendí que Mariana no tenía un problema cardíaco. Tenía un problema mucho más grande y más silencioso: estaba viviendo la vida que otros habían diseñado para ella.

En aquella madrugada anoté una frase en mi cuaderno, antes de pasar al siguiente paciente: la vida que vivimos, ¿de quién es realmente? Décadas después, esa misma pregunta aparece en el centro de un trabajo reciente del filósofo Ira Bedzow, doctor en Filosofía y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, en Estados Unidos, donde además dirige el Emory Purpose Project.

Dos preguntas que incomodan más de lo que parecen

Bedzow propone un ejercicio sencillo pero profundo, que cualquiera puede hacerse en una tarde de domingo o en la fila del banco. La primera pregunta es casi automática: ¿de quién es la vida que estás viviendo? La mayoría responde rápido, con el nombre propio. La segunda, en cambio, golpea: ¿quién debería determinar cómo vivís? Y ahí aparece la incomodidad, porque muchos descubren que el rumbo lo fue armando otro: la madre que insistía con determinada carrera, el padre que empujó hacia el negocio familiar, la pareja que eligió el barrio, el entorno laboral que premia la meritocracia pero castiga al que se sale del molde.

“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow

Esa frase de Bedzow me hizo pensar en cuántos de nosotros vivimos siguiendo un guion ajeno, simplemente porque nos lo dieron antes de que pudiéramos leer. Y aclaro algo importante, porque a veces se malentiende: el planteo no es aislarse ni despreciar lo que dicen los demás. El filósofo distingue con precisión entre recibir perspectivas externas y entregarles el control. Conversar con un colega sobre una oferta laboral, aceptar que un amigo cuestione una suposición sobre la pareja, escuchar al médico sobre un tratamiento: todo eso está bien. La diferencia está en quién firma la decisión final y desde qué criterios lo hace.

Lo que dice la evidencia: perseguir metas propias se asocia a mayor bienestar

No es solo filosofía. Un metanálisis de Sezer y sus colaboradores, citado por el propio Bedzow, encontró que las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar mayor bienestar. Lo opuesto ocurre cuando los objetivos se orientan por expectativas parentales, por presión de estatus o por el miedo a la culpa. El dato no es menor en un país como la Argentina, donde pesa tanto la mirada de la familia como la del círculo de amigos y, cada vez más, la de las redes sociales.

  • Identificar de dónde viene cada decisión: si del deseo propio o de una presión del entorno familiar, social o cultural.
  • Registrar las justificaciones que uno se da al elegir: ¿me convence a mí o me sirve para quedar bien con alguien?
  • Practicar la autorreflexión en decisiones pequeñas, para entrenar el criterio antes de las grandes.
  • Escuchar a los demás sin entregarles el volante: las perspectivas externas sirven para ver lo que uno no vio, no para sustituir el juicio propio.
  • Hacerse la pregunta de Susan Wolf: lo que busco, ¿merece ser buscado?

Esa última pregunta la formuló la filósofa Susan Wolf y suma un matiz clave: el sentido de la vida no surge solo del deseo individual, sino de comprometerse con aquello que es genuinamente valioso. No alcanza con querer algo; hay que poder responder por qué ese algo importa. Para Bedzow, esa interpelación es la hermana filosófica de las dos preguntas iniciales, y la que muchas veces cierra el circuito.

Bedzow también aclara que la autorreflexión que él propone no es introspección sin destino, de esas que inmovilizan y dejan a la gente mirando el techo. Significa, según sus propias palabras, examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados. Practicarla en decisiones cotidianas y de bajo riesgo, como elegir un curso o un viaje, fortalece el criterio para cuando las apuestas son más altas: cambiar de trabajo, separarse, estudiar algo nuevo a los cincuenta.

Volví a pensar en Mariana mientras leía estas líneas. No sé qué hizo después de aquella madrugada. No volví a verla en la guardia. Pero me gusta imaginar que, en algún momento, se hizo las dos preguntas de Bedzow. Y que, si tuvo el coraje de responderse con honestidad, hoy esté viviendo, de verdad, su propia vida.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

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