Jueves, 10 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕

Frontera Informa

PortadaVida

El cuarto propio dejó de ser un refugio: cuando los adolescentes viven bajo la mirada de una audiencia que no se va

Paredes neutras, camas prolijas y luces de video: la habitación dejó de ser ese territorio caótico donde se crece a puertas cerradas y empezó a parecerse cada vez más a un set pensado para ser filmado. Especialistas consultados por este portal describen un fenómeno que reconfigura la intimidad.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Me acuerdo de la primera vez que vi el cuarto de mi hija, años atrás, cuando todavía era una niña grande con peluches desparramados y posters de una banda que me hacía poner los ojos en blanco cada vez que pasaba por la puerta. La chaise longue estaba tapada de ropa, el escritorio parecía un campo de batalla y debajo de la cama asomaban cuadernos que yo, por una vez en la vida, decidí no abrir. Era un desorden cálido, con olor a ella, con capas de tiempo y de identidad. Era, sobre todo, un espacio que yo sentía que no me pertenecía aunque pagara el alquiler. Aquel desorden me daba cierta ternura, casi un alivio: significaba que esa habitación era suya, que adentro se podía ser sin que nadie la estuviera mirando.

Tiempo después, hablando con psicopedagogas y con madres y padres de pacientes que veo en la guardia, empecé a notar otra cosa. Los cuartos que aparecen en las pantallas de los teléfonos de los adolescentes que atiendo se parecen cada vez menos a aquel refugio cálido que yo recordaba y cada vez más a una habitación de catálogo: paredes en tonos neutros, cama prolijamente tendida como si nadie durmiera ahí, tiras de luces que cumplen la función de reflectores improvisados, estantes ordenados con libros acomodados por color. Es como entrar a un showroom o, mejor dicho, a un set: un espacio que no se habita, sino que se exhibe. Y lo más inquieto es que esa estética no es una elección decorativa: es el resultado de un cambio profundo en la relación que los jóvenes establecen con su propia intimidad.

Del refugio al decorado: qué pasó en estos años

Hace un par de décadas, entrar al cuarto de un adolescente era enfrentarse a un territorio propio: pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla, libros en el piso y, si uno tenía suerte, algún diario íntimo bien escondido. El desorden era parte del ambiente, una señal de que ese espacio pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer, equivocarse y ensayar versiones de sí mismo sin pagar el costo de ser observado.

En los cuartos que hoy circulan por redes sociales cuesta encontrar singularidades o acumulación de objetos personales. La personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico: se mudó a la pantalla. Un sociólogo llamado Erving Goffman, que escribió hace décadas sobre estas cuestiones, describía una distinción entre el «frente de escena», donde las personas sostienen una imagen ante los demás, y el espacio privado donde es posible descansar del personaje. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno.

“La intimidad adolescente se parece cada vez más a una habitación con paredes de cristal: el límite entre escenario y vida privada se disuelve bajo la mirada de una audiencia que no se va nunca.”Sithara Ranasinghe, escritora

Cómo se nota el fenómeno en la consulta y en la casa

La cámara no necesita estar prendida para que el efecto actúe

Lo más significativo, y lo que más me cuesta explicarles a los padres que se sientan frente a mí en la guardia, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia una estandarización que antes veíamos solo en los hoteles boutique. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible que los adolescentes terminaron por internalizar. Es como tener la suegra dentro de la cabeza todo el tiempo, pero en versión algoritmo.

La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que me dejo rebotando después de cada guardia, y que les dejo a ustedes, padres, madres y lectores que están viendo crecer a un adolescente en casa, es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente. Si la habitación dejó de ser un refugio para ser un decorado, dónde se equivocan hoy los chicos, dónde prueban ser quienes todavía no son, dónde se fallar sin público. Me quedo pensando en mi hija, ya grande, y en ese cuarto desordenado que hoy, con la distancia, se me aparece como lo más parecido a un lugar donde alguien estaba aprendiendo a ser quien es. Y me pregunto cuántos adolescentes de esta generación van a poder darse ese lujo.

PC
Paola CardozoSalud y sociedad

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo