Cuando lo que ven los ojos no coincide con lo que toca la realidad: señales para no dejar pasar
Distorsiones, alucinaciones y delirios suelen confundirse, pero no son lo mismo y ameritan una consulta profesional. Por qué los cambios repentinos en la percepción justifican pedir una evaluación médica sin esperar.

A Estela la trajo su hija una mañana de martes, después de meses de convencerla. Viuda desde hacía poco, la mujer de 72 años había empezado a pedirle que moviera los muebles del living porque, insistía, las paredes se achicaban durante la noche. No era una queja pasajera. A veces amanecía convencida de que el techo bajaba tanto que no podría respirar. La hija, agotada, atribuía todo al duelo. Yo la miré en la guardia, le tomé la presión, le revisé la vista y le pedí estudios. El caso de Estela no es raro: detrás de una experiencia así puede haber desde un problema neurológico hasta un cuadro psiquiátrico que necesita tratamiento. Lo que nunca corresponde es descartarlo con un «son cosas de la edad».
Distorsión, alucinación y delirio: tres palabras que se mezclan y no deberían
Antes de asustarse, sirve entender la diferencia. Una distorsión cambia algo que está ahí: la habitación parece más chica, las manos enormes, los minutos eternos. Una alucinación suma lo que no existe: una voz, una figura, un insecto caminando por la sábana. Un delirio es una idea fija que no se cae aunque le muestren pruebas: «mi marido fue reemplazado por un impostor», «tengo gusanos bajo la piel», «mi hijo me quiere envenenar». Las tres merecen consulta, pero no conducen al mismo especialista ni al mismo tratamiento.
Ver cosas que nadie más ve, por ejemplo, no equivale automáticamente a un problema psiquiátrico. En el síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión perciben imágenes complejas —animales, rostros, paisajes— y, a diferencia de lo que ocurre en otros cuadros, suelen reconocer que no son reales. Antes de cerrar un diagnóstico, se piden exámenes neurológicos y cognitivos; si la presentación es atípica, se suman estudios de neuroimagen para descartar otras causas.
Con las alteraciones del tamaño —del cuerpo o del entorno— la historia se repite: hay que mirar el contexto. El llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas modifica la percepción visual, la sensación del propio cuerpo y hasta la noción del tiempo. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que, en adultos, la causa más frecuente era la migraña; en menores de 18 años, predominaban las encefalitis. Traducido: no se trata de un capricho de la imaginación, sino de un síntoma que hay que estudiar.
Señales que justifican pedir una evaluación profesional
Hay motivos claros para consultar, sin necesidad de tener un diagnóstico en la cabeza. Los repasé con colegas de la guardia y los resumo así:
- Cambios repentinos en la visión o aparición de imágenes que nadie más percibe.
- Sensación persistente de que los objetos, el cuerpo o los espacios cambian de tamaño.
- Creencias firmes sobre la salud, la pareja o la familia que generan malestar intenso y deterioran los vínculos.
- Convicción de estar infestado, de tener algo bajo la piel o de que un ser querido fue sustituido por un impostor.
- Celos tan intensos que organizan la vida cotidiana, más allá de las discusiones habituales de pareja.
- Sensaciones físicas sin causa médica que las explique, sobre todo si aparecen junto con cambios en el sueño o en el ánimo.
Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación médica empieza por descartar una infestación real y otras causas orgánicas: déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones o consumo de sustancias. Recién después se considera un diagnóstico psiquiátrico. El tratamiento, claro, depende de lo que los estudios muestren.
Vuelvo a Estela. Los estudios dieron con un cuadro neurológico tratable. Hoy reconoce que las paredes siguen donde siempre y que, cuando volvió a achicarse el living, fue solo un mal día. Su hija me dijo, yendo hacia la puerta, algo que se repite en la guardia más de lo que uno quisiera: «tengo que haber venido antes». No hace falta tener un nombre para lo que pasa. Si algo cambia en la percepción y empieza a interferir con la vida, la consulta es el primer paso —y casi siempre, el más importante.
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